domingo, diciembre 5, 2021

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William Shakespeare

(Por: Lionel Álvarez Ibarra)

.-Tenia ya más de un año en Inglaterra y todavía no había cumplido mi deseo de visitar el pueblo de Shakespeare. Ese domingo, junto a mi esposa, salimos temprano de Londres y nos dirigimos hacia el norte. Cuando ya las señalizaciones indicaban la cercanía a Birmingham, salimos de la autopista y tomamos la vía que nos conduciría a nuestro destino. A un lado fluye el río Avon, y por ello, la ciudad que se encuentra en su ribera, se conoce como Stratford upon Avon.

La primera visión del lugar es impresionante; si nos abstraemos de los vehículos y el asfaltado de sus vías, nos transportamos mágicamente a la Inglaterra del siglo XVI. Las aceras estaban abarrotadas de turistas, todos dirigiéndose a la casa donde nació William Shakespeare.
Extraña, que siendo su apellido algo difícil de pronunciar,  no haya sido castellanizado, como era costumbre de los hispanos hacerlo con los nombres de figuras importantes. Como “shake” es agitar y “speare” es “la lanza”,  hubiesen podido buscar el equivalente exacto y llamarlo Guillermo Agitalanza.

Poco se sabe de su infancia y adolescencia. Probablemente cursó sus primeros estudios en la escuela local, la Stratford Grammar School, lo que debió haberle aportado una educación considerada buena en su tiempo, intensiva en gramática y literatura latinas. Permaneció en Stratford hasta bien entrada su juventud, y luego se trasladó a Londres, donde comenzó a destacar como poeta. Se estima escribió 154 sonetos y cuatro obras líricas, que ya, por sí solos, lo situarían entre los grandes de la poesía anglosajona. Pero es como dramaturgo, donde adquirirá gran notoriedad, y es la actividad que lo va a hacer famoso mundialmente, como autor y  actor.

El teatro inglés de la época, mantenía la tradición de no contratar mujeres, en eso llevaba un retraso con respecto a los teatros italianos y franceses, que ya contaban con actrices.  Para las compañías de teatro era más conveniente emplear a sólo hombres, más fácil para movilizarlos y alojarlos. Por esta razón, en las primeras presentaciones de Romeo y Julieta, el papel de Julieta siempre fue interpretado por un actor adolescente, de rostro juvenil, con la  voz todavía aguda y vestido de mujer.

Se tienen registradas alrededor de 39 obras atribuidas a Shakespeare, algunas más conocidas que otras, destacando: Romeo y Julieta, Hamlet, Macbeth, Otero, El mercader de Venecia…
Sería un atrevimiento de mi parte, criticar su creación artística, cuando no he presenciado ninguna de sus obras. Mi experiencia se limita a haber leído a Hamlet, una tragedia que cuenta cómo el príncipe de Dinamarca se venga de su tío. La obra la conseguí en una colección de libros que vendían en los kioscos de periódicos cuando la democracia; y fui afortunado, porque es en ella, donde pronuncia una de sus más célebres frases:“Ser o no ser: ésta es la cuestión” (“To be or not to be: that is the question”).

Años después de su muerte, comenzaron a surgir dudas sobre la autoría de sus obras. Los disidentes no aceptaban, que un oscuro actor, que andaba por allí en una compañía de cómicos, hubiera podido tener la capacidad intelectual para crear todas esas genialidades. Consideraban que no poseía los conocimientos legales e históricos que sustentan sus obras, y que solo un autor instruido pudo haberlas escrito. Entre los ilustres nombres que se mencionaban como los posibles verdaderos autores, destacaban: Francis Bacon, Christopher Marlowe y otros tantos miembros de la nobleza.

Decidí distanciarme de esa controversia. Si no pueden creer que un hombre, con la preparación intelectual de Shakespeare, haya podido escribir sus obras, también sería un fenómeno curioso, y difícil de comprender, que alguien que tuviera el genio y el talento literario para hacerlo, haya preferido escribirlas para que aparecieran en nombre de otro, y no bajo su propia firma.

Shakespeare vivió en Londres hasta 1613, año en que dejó de escribir y se retiró a su casa de Stratford, donde fallecería el 23 de abril de 1616 del antiguo calendario juliano, usado en aquel tiempo en Inglaterra. Otro gran genio de la literatura universal, Miguel de Cervantes, falleció en la misma fecha, pero del actual calendario gregoriano, ya adoptado por entonces en España.
Así haya sido en calendarios distintos, no deja de ser una coincidencia extraordinaria, que ese mismo día, 23 de Abril de 1616, se apagaran, simultáneamente, las lumbres del “Bardo de Avon” y del “Manco de Lepanto”, dos de las figuras literarias más grandes que ha dado la humanidad.

La tarde en Stratford comenzó a caer y nuestro viaje mágico llegaba a su final, teníamos que volver a Londres ¡de regreso al futuro!

Lionel Álvarez Ibarra
Febrero 2021

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