Una tragedia tropical

(Por Manuel Barreto Hernaiz)

“En este mundo no hay más que dos tragedias. Una consiste en no obtener lo que se desea y la otra en obtenerlo. Esta última es la peor; esta última es una verdadera tragedia”._ *Oscar Wilde*

La tragedia es un género teatral originario de la Antigua Grecia, constituyendo su argumento principal la caída de un personaje importante, el cual pierde su carácter mítico y termina fundiéndose en la acción de un drama cotidiano. Se considera que el eje central de toda obra trágica es el restablecimiento doloroso del orden y el alumbramiento traumático del deber.
En el plano político explica la conflagración subyacente entre el hombre y el poder. Como relata una popular introducción a las obras en español de los trágicos clásicos, las tragedias fueron concebidas por los griegos “para contemplarse a sí mismos y conocer la grandeza y miseria de la especie y la situación humana, con su caudal de sufrimientos y alegrías…”.

La tragedia permitía el encuentro con los límites de la condición humana y con las leyes que regulan tal condición en el contexto cívico, a la par que posibilitaba y fomentaba la unidad de los ciudadanos. Pero la tragedia no sólo reunía al pueblo, sino que también lo educaba. Con la tragedia se produce el tránsito desde el culto a la política y, en tanto que teatro democrático, se convierte en el culto de la polis.

Esta tragedia tropical, mucho más devastadora que un millar de tsunamis  y que una centena de terremotos; más angustiante que la dramaturgia de Esquilo, Sófocles y Eurípides juntos, se comenzó a escenificar desde ese mismo momento en el cual el régimen confundió la democracia con la simple aplicación de la regla de la mayoría, dejando a un lado toda forma de argumentación que condujese al acuerdo, a superar el dogmatismo, la arbitrariedad y la manipulación de los otros. Como en la tragedia griega, no fue posible mediación alguna, y todos los que lo rodean serán arrastrados en su caída. Una tragedia sin parangón en las tablas de la Historia contemporánea, veinte  años de ideas absurdas y prácticas agresivas, alimentadas con excesivas dosis de demagogia, de alejamiento de la realidad y con un pensamiento perversamente dicotómico, basado en buenos y malos.

Una tragedia que se mide en 1000 mil millones de dólares – nadie sabe exactamente cuánto- tirados por la borda de la insensatez, la incapacidad, la improvisación y la negligencia, la irresponsabilidad ante el porvenir de toda una Nación; una tragedia que se palpa en esa profunda división y hostilidad entre los venezolanos, olvidando que la armonía y la convivencia son las categorías fundamentales tanto de la existencia humana como de la política. Una tragedia que se incrementa en el terco empeño de aplicar recetas socialistas marruñecas, mediante una mayor regulación y control del régimen, con expropiaciones forajidas que de manera engañosa pretendieron corregir las desigualdades generadas por el mercado. Y algo que no puede ocultarse en esta burda tragedia tropical: la hiperinflación venezolana este año será del  la más alta en mundo.
Una tragedia que se originó, entre tantas otras causas, en aquella burlesca escenografía de un gobernante con un pito y una crisis que él mismo creó, y ahora como resultado tenemos una PDVSA a la deriva, con unas refinerías que no refinan; con unas plataformas que, además de derrumbarse, afloran la más voraz corrupción; una tragedia que se presenta con el ataque despiadado a la empresa privada más importante del país -y también referencia mundial- que logró evolucionar el progreso y la calidad alimentaria de toda una Nación como ninguna otra; una tragedia de un país en penumbra, con una crisis eléctrica que le ha costando miles de millones de dólares por la importación de plantas térmicas adquiridas de manera corrupta por una nueva clase social- los bolichicos- que vino a ser parte de esa despreciable concepción  del  ” hombre nuevo”. Una tragedia sustentada en la ignorancia, la desidia, la negligencia y la falta de profesionalismo de quienes se adueñaron de toda una Nación. Y si hay que destacar lo más lamentable de esta tragedia vernàcula es la muy lamentable diáspora que desgarra el tejido familiar de toda la sociedad venezolana.  Esta tragedia tropical -tal vez como las griegas- refleja la personalidad del personaje principal y sus contradicciones – así como la de sus secuaces- y ya aparece como epílogo, otra vez, la cruenta e ineludible realidad, que va implícita, una vez más, en la crisis de ideologías y la desconfianza ante la desesperanza. Así pues, la ciudadanía, al poder percatarse del engaño y la burla, comienza a despojarse de la fe mítica del “hegemón todopoderoso”, puesto que así se desarrolla como un recurso habitual de la tragedia griega: mostrar a un héroe con unas ocurrencias alocadamente desmedidas (hybris) para luego castigarlo por tales excesos y desmanes. Y acá bien vale acuñar aquella sentencia de Marx:…”La historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa”… Pero como toda tragedia, ésta ya llega a su final, ya el telón viene bajando…

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