viernes, mayo 7, 2021

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Todos tenemos derecho a la Vacuna: No se justifica la marginalidad farmacéutica

Columna: Violencia, Cultura y Religión

(Por: Pbro. Luis Eduardo Martínez Bastardo)

Lmartinezbastardo@yahoo.com
@luiseduardomb
@luemba22

El camino ha sido largo, la lucha ha sido dura, la cuesta cada vez parece estar más inclinada. Ya han pasado más de 365 días de este confinamiento global. Más de un año de Pandemia, una vuelta al sol “todos juntos” en este barco, sufriendo las mismas consecuencias, cargando con el peso de esta circunstancia y deseando volver a encontrarnos. El enigma del mal y el misterio de la iniquidad se evidenció macabramente; el veneno de la soberbia que nuestros primeros padres dejaron que entrará en el corazón y que nos mantiene heridos, sigue mostrando de nosotros lo que no somos; justamente ese veneno hace que se evidencie eso con lo que no fuimos creados: la maldad. “Hay angustia, ha resurgido el hambre, han subido los índices de la cesantía (o el paro) por quiebre de innumerables empresas, del
mismo modo en que ha aumentado la violencia intrafamiliar y las protestas sociales”, así lo afirma Javier Díaz Tejo en su libro ¿Y después de la pandemia, qué catequesis? Los daños y las consecuencias en este momento son imponderables, todavía no logramos darnos cuenta del daño que nosotros mismos nos hemos causado.
En medio de esta situación vertiginosa y cargada todavía, de acertijos, parece mostrarse una luz en el túnel en el que transitamos: la vacuna. Con una rapidez asombrosa y con la premura de quien desea la sanación, muchas marcas farmacéuticas han trabajado para ofrecer a la población mundial una alternativa que represente un aliento de esperanza; un puerto seguro; un consuelo en medio de la
adversidad. La vacuna es una de las “medidas necesarias para responder a la pandemia, con una debida consideración de sus efectos a largo plazo para lograr una “sanación” global y regenerativa”.

Tal consideración emerge de la Nota de la Comisión Vaticana Covid-19 en colaboración con la Academia Pontificia para la Vida Vacuna para todos. El Papa Francisco lo dice más taxativamente en el numeral primero del referido documento vaticano: “[Que] las inminentes vacunas contra el Covid-19 estén disponibles y sean accesibles para todos, para evitar la “«marginalidad farmacéutica»: si existe la
posibilidad de curar una enfermedad con un medicamento, éste debería estar al alcance de todos, de lo contrario se comete una injusticia”.
La triple amenaza de crisis simultáneas e interconectadas en el ámbito sanitario, económico y ecológico-social, con graves repercusiones sobre los más pobres y vulnerables, y que se evidencia en el contexto venezolano es realmente alarmante. De diversas fuentes nos llegan informaciones que resultan aterradoras, dolorosas. Todos los venezolanos hemos sido afectados por el Covid-19; no solo por el
contagio, sino porque esta pandemia nos ha arrebatado de nuestro lado gente que amamos, personas queridas por nosotros que se han ido de este mundo antes de tiempo. La evidencia de la observación participante que se convierte en una metodología fenomenológica nos muestra que la pandemia no es mentira; estamos siendo víctimas de un micro organismo, o como lo llaman ahora los científicos, un
nano organismo que nos ha puesto de rodillas, que nos ha hecho pensar que el ser humano no es todopoderoso, no es el duelo de cuanto existe y que todos los bienes materiales no sirven de nada cuando somos tan vulnerables.
El día de ayer la presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana ha publicado un
documento que recoge el clamor del Pueblo venezolano; tenemos derecho a vacunarnos y con una vacuna confiable y eficaz, aprobada por la comunidad científica internacional. Esto es un derecho, una imperiosa necesidad. No se trata de vacunarse como quien tiene el derecho natural de vestirse y se le da una prenda de vestir y este la recibe aunque no sea la que le gusta; no se trata de vacunarse como quien tiene hambre y ante su necesidad, algún prójimo le obsequia un plato de comida el cual agradece aunque no sea lo que quiere comer. En esta circunstancia, vacunarse representa tener acceso a lo que la comunidad científica internacional ha comprobado; poder acceder a la vacuna más eficaz, que tenga los mejores resultados comprobados; no se trata de una dádiva, ni de un favor; no es ni siquiera una obra
de caridad, es un derecho, es una necesidad. La única manera que existe en este momento para detener el contagio es vacunarse, inmunizar el rebaño.
El citado documento del episcopado venezolano sostiene en el número tres: “hacemos un decidido llamado al Ejecutivo Nacional, a las autoridades sanitarias y a todas las instancias públicas y privadas para que, pensando en el bien del pueblo al cual deben servir, busquen un acuerdo (con la adecuada y científica asesoría de especialistas) a fin de conseguir las mejores vacunas que puedan ser aplicadas a la totalidad de la población sin excepción ni discriminación alguna. Así se evitará que
nuestra población se convierta en un campo de experimento de productos inseguros”.
Con relación a la vacunación, la Congregación para la Doctrina de la Fe insiste en la existencia de un “imperativo moral para la industria farmacéutica, los gobiernos y las organizaciones internacionales, [deben] garantizar que las vacunas, eficaces y seguras desde el punto de vista sanitario, y éticamente aceptables, sean también accesibles a los países más pobres y sin un coste excesivo para ellos”.

Las vacunas son para todos, tanto en la comunidad global como en la comunidad local. No es lícito discriminar, de lo contrario estamos frente a un individualismo macabro que expresa un nacionalismo egoísta que excluye de un derecho natural a todos los ciudadanos.
El documento de la Pontificia Academia para la vida incluso sugiere la jerarquía para la distribución de la vacuna: “la prioridad que debe darse a las categorías profesionales que prestan servicios de interés común, particularmente el personal sanitario, como también aquellas actividades que requieren contacto con el público para brindar servicios esenciales (como la escuela y la seguridad pública) a los grupos sociales más vulnerables (como ancianos y enfermos con determinadas patologías)”. (Numeral 11). Y esto por citar solo un documento o una práctica con respecto a la
aplicación de la vacuna en la sociedad universal. Los ejemplos de diversos países nos pueden adelantar en este ejercicio, tanto desde la salud personal que está unida y es interdependiente a la salud pública, como también desde la ciudadanía, una palabra cada vez más minusvalorada en nuestra sociedad venezolana.
Hay todavía un importante elemento que puede ser considerado de “discusión moral” y que puede interesar a un grupo de creyentes, y tiene que ver con la fabricación de las vacunas y su origen desde las líneas celulares de fetos que fueron abortados. Dejemos que el mismo documento vaticano siga iluminando nuestro entendimiento: “La Academia Pontificia para la Vida aborda el tema mediante dos Notas (5 de junio de 2005 y 31 de julio de 2017 respectivamente). Particularmente en la segunda,
se excluye que: «exista una cooperación moralmente relevante entre quienes hoy en día utilizan estas vacunas y la práctica del aborto voluntario. Por lo tanto, creemos que se pueden aplicar todas las vacunas clínicamente recomendadas con la conciencia clara de que recurrir a dichas vacunas no significa una especie de cooperación con el aborto voluntario”.
Ahora es necesario lo más importante: la voluntad política. No es justo que a estas alturas los venezolanos no tengamos datos precisos de los estragos que ha causado la pandemia; no se justifica que a estas alturas se nos proponga la aplicación de una vacuna, que según los especialistas se encuentra en fase uno de prueba, y cuyo resultado no ha sido validado todavía. Es doloroso darnos cuenta de que el
nacionalismo de la vacuna se ha convertido en un nacionalismo egoísta cuando la cerrazón impera y no se abren las puertas para agilizar cuanto antes este proceso; al paso que vamos, son muchos, pero muchos los años que hacen falta para inmunizar al rebaño y cerrar la acción mortal del covid-19. En el país más rico del mundo hoy estamos como mendigos pidiendo dinero o buscando ofertas para comprar
un insumo que es de vida o muerte. No conforme con el sin número de problemas que tenemos y que se manifiestan en la carencia de los servicios públicos, ahora tenemos que sortear la vida para no ser contados entres las víctimas mortales del Covid-19.

“Infectarnos por falta de vacunación llevará a un aumento de hospitalizaciones, con la
consiguiente sobrecarga de los sistemas de salud y hasta su posible colapso, tal como ha ocurrido en varios países a lo largo de esta pandemia”, esta llamada de que hace la Santa Sede se ha convertido para nosotros en una realidad, la única solución para detenerlo es inmunizando el rebaño. Pónganse de acuerdo y permitan que el pueblo venezolano, sin distinción, tenga acceso a la vacuna. A una vacuna de verdad.

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