jueves, diciembre 2, 2021

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Nuevo Orden Mundial. Orden Natural. II Parte

Columna:Violencia, Cultura y Religión

(Por: Pbro. Luis Eduardo Martínez Bastardo)

Lmartinezbastardo@yahoo.com

Desde la entrega precedente, hemos puesto la atención en este tema que rodea la situación mundial desde hace varios años y en el cual se muestra cada vez mayor interés: El Nuevo Orden Mundial; no se trata solo de nueva manera de comprender nuestras relaciones, se trata de una manera de vivir en el mundo, de disfrutar de sus bienes y servicios y del ejercicio del poder por parte de una Plutocracia que pretende dominar y gobernar todas las instancias. De hecho ya estamos frente a una influencia desmedida de los denominados lobby, los cuales pretenden imponerse en esta cosmogonía transmoderna; son los autores de las nuevas directrices que se ciernen sobre el mundo.

La razón metodológica de estos artículos es colocar frente al Nuevo Orden Mundial, el Orden Natural: no entendido éste como el determinismo naturalista sino como el esfuerzo por comprender y respetar desarrollo natural de los ciclos desde sus propias leyes
La relacionalidad es una característica que define a la persona humana. En la primera mitad del siglo antepasado, el filósofo Martín Buber afirma que: “En el principio es la relación”. La autoridad de este filósofo y la necesidad ontológica de estar juntos que posee la persona humana, han hecho que se interesen por este tema, no solo las ciencias auxiliares, sino también, las ciencias sociales. La persona humana se define tanto por su relacionalidad como por su libertad. Hay una interdependencia innata, estructural. La incapacidad de relacionarse puede ser considerada como un verdadero problema. Es comprensible aducir el fracaso de muchas empresas y proyectos a esta incapacidad (ya que si no se cultiva terminan siendo una carencia y no un potencial). La relación o las relaciones son real e irrenunciablemente esenciales.
Precisamente, en la Revista Mensaje, Jesús Moran publicó un artículo intitulado: Relación y Relacionalidad. En él, da un paso adelante en la relectura de Buber y propone: “en el principio es la relacionalidad”. La interdependencia que hemos afianzado en este tiempo de pandemia, y que algunos han descubierto, es una demanda directa de la relacionalidad más que de la relación, como expresión de lo humano. Moran aporta definiciones interesantes que resulta conveniente poner a consideración: “La relacionalidad implica el ser, la relación, el hacer (…), la relacionalidad proviene del fondo del ser humano y es siempre abierta. (…), la relacionalidad pide amor junto a una especie de pasividad que, si se la vive bien, es la única verdaderamente abierta a la novedad”.
Hay un salto entre relacionalidad y relaciones. Una no contradice a la otra pero si se distinguen.
Las relaciones se buscan, somos cautelosos con quienes nos relacionamos ya que en ellas dejamos entrar en el alma o no a los que tenemos a nuestro alrededor; las relaciones se construyen ya que vamos identificando puntos coincidentes con el “tú” y se estructura de tal manera una relación, que se reafirma nuestra relacionalidad como acto primero, evidenciando que toda relación es consecuencia de la relacionalidad. En palabras aristotélico-tomista, la relación no es causa primera, es causa segunda. Lo que nos define no es nuestra capacidad de establecer relaciones sino nuestra relacionalidad.
Si nuestro valor ontológico se definiera por nuestras relaciones, entonces un embrión poseería el mínimo valor, lo mismo que una persona en estado de coma, o una religiosa de clausura. Todas ellas poseen valor en sí mismo por su relacionalidad. Naturalmente el ser humano es “social”, a esto se refiere Aristóteles con la definición del hombre como “animal político”, a su capacidad relacional no a una tensión dialéctica entre salvajismo-domesticación.
La sociabilidad, la relacionalidad y la capacidad de interprender ya venían siendo brutalmente vulneradas de diversas maneras antes de la pandemia. El neo-racionalismo que genera una introspección del yo en un ambiente transmoderno, en el cual el ser humano no parece encontrar su lugar, se presentan como denominador común en el atentado a la relacionalidad.

La Pandemia misma es una experiencia que ha entrado en las relaciones y en la relacionalidad no para romperlas sino para hacerlas más vigorosas. El Cardenal Kásper dice: “se trata de una pandemia al pie de la letra, de una crisis que afecta a todo (pân) el pueblo (dêmos), a todos juntos y a cada uno en particular”, lo cual expresa interconexión, interdependencia e interrrelacionalidad; incluso cuando estamos atravesando esta dificultad, es posible evidenciar la relacionalidad como propia
condición humana.
La afectación de esta situación alcanza al corazón mismo de la sociedad moderna. Las consecuencias no se dejan de hacer sentir; la sociedad sufre al saber sus derechos vulnerados:
“Derechos humanos fundamentales tales como la libertad de movimientos, el contacto personal y la libertad de reunión son restringidos hasta el mínimo absolutamente necesario y, lo que no es menos importante, se prohíbe el ejercicio público colectivo de la religión en la forma anterior”.
Las consideraciones que el Cardenal alemán ha planteado algunas de las cosas que son vulneradas en estos momentos y que convencionalmente hemos llamado Derechos, incluso el Derecho natural de ejercer y profesar libremente una religión, de celebrar y fortalecer la virtud natural de la trascendencia que tenemos, eso tampoco lo podemos ejercer libremente en este momento y no tiene que ver con Estados Totalitarios, sino con una condición (inducida o no) que nos impone la circunstancia.
Pero aun cuando nuestras relaciones físicas están suspendías, la relacionalidad no lo está porque ella supera la realidad espacio-temporal de la persona humana, no la limita, antes bien, en algunos casos la potencia.
Ya la educación tenía delante diversos retos y deudas con la sociedad mundial; ya se evidenciaba una necesidad real de sentir más profundamente el producto de los Sistemas Educativos formales, no formales e informales, pero en este momento el reto y el desafío se exponenciaron, se sobredimensionaron. La educación ciudadana a partir de ahora, debe responder de un modo más eficaz.
Educar en pandemia será una tarea difícil de resolver; no habíamos alcanzado la optimización de la educación presencial, ¿cómo será el proceso educativo en este momento en el que se impone la virtualidad en un país como el nuestro, donde las precariedades comunicacionales están a la orden del día? Educar a los ciudadanos en las “nuevas relaciones” va más allá del uso del tapaboca, antes bien, es una invitación a relacionarnos correctamente con el ambiente y los recursos; es la valoración de la persona humana en su justa dimensión; una educación que privilegia al otro desde su dignidad natural y que no depende de una visión ideologizada de la persona. La democratización de la educación se plantea cada vez más como una imperiosa necesidad.
Un Nuevo Orden Mundial no puede suponer constreñir, controlar, dominar y cerrar, estos verbos en sí mismos están en contra de la definición de la persona humana. El Totalitarismo es contrario a este siglo, cambiar un totalitarismo por otro no es lo que necesita la humanidad ni lo que se perfila como necesidad en los siglos venideros. No olvidemos lo que dice el historiador y político
inglés Lord Acton: “el poder corrompe y el poder absoluto, corrompe absolutamente”. El Papa Francisco, en el prólogo del libro Dios en la Pandemia, afirma que: “la crisis es una señal de alarma, que nos hace considerar con detenimiento dónde se hallan las raíces más hondas que nos sostienen en medio de la tormenta. Nos recuerda que hemos olvidado y postergado algunas cosas importantes de la vida y hace que nos preguntemos qué es realmente importante y necesario y qué tiene solo importancia menor o incluso meramente superficial”. La relacionalidad no es una cosa subsidiaria, no se trata de un accesorio, cuando encontramos corrientes de pensamiento que atentan contra ella, éstas son expresión no de un Nuevo Orden sino de un gran desorden.
Hoy en Venezuela celebramos a Nuestra Señora de Coromoto. Que su intercesión y ayuda, permita que los bautizados seamos testigos del amor, que no dejemos que se silencie la voz de Dios en este mundo opacado por el sin sentido y el absurdo; que su voz siga siendo un signo de paz y de esperanza; de bondad, belleza y verdad.

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