Mi renuncia al partido Progreso

(Por: Santiago Rodríguez)

.-Hace nueve años participé en las diversas iniciativas políticas que derivaron en la fundación del partido Progreso. La organización política apareció en la escena regional por mérito y esfuerzo de un conjunto de carabobeños creyentes en los valores del liberalismo.

Lo hicimos por nuestra ciudad Valencia y por nuestro país Venezuela, persuadidos de la idea bajo la cual, el mejor instrumento para servir a la sociedad y contribuir al rescate de la democracia secuestrada por un populismo tan destructivo como totalitario, es precisamente, la política.

Como militante disciplinado de Progreso, apoyé decidida y entusiastamente a los candidatos de la oposición (MUD, Frente Amplio) en todos los procesos electorales, bien sea de tipo presidencial, regional o municipal.

Para las elecciones parlamentarias de 2015, trabajé en representación del partido Progreso en el Comando de Campaña del circuito (5) de Valencia, que representan las circunscripciones electorales del sur de la ciudad, por donde salieron electos los diputados: Marcos Bozo, Romny Flores y Carlos Lozano.

En 2013 formé parte del equipo de gobierno de Miguel Cocchiola en la Alcaldía de Valencia, donde trabajé por mi ciudad y desempeñé el cargo de Coordinador Sectorial del Despacho del Alcalde. Gestión municipal –vale la pena recordar- limitada en presupuesto por la dramática caída de producción de nuestra zona industrial, principal fuente de ingreso fiscal del municipio, además de haber sido víctimas de todo tipo de sabotajes y chantajes ordenados, dirigidos y perpetrados desde Capitolio por el entonces gobernador Francisco Ameliach.

En días recientes fui sorprendido al conocer la noticia de que el partido Progreso participó en la mesa política de diálogo regional convocada por el gobernador del estado Carabobo, Rafael Lacava. Ante la invitación del ciudadano gobernador a participar en dicho diálogo, mi posición como miembro de nuestra organización política, fue la de no convalidar ninguna maniobra de distracción que sirva como herramienta para alcanzar una falsa legitimidad democrática del régimen y desenfocar así la atención de los graves problemas que estamos padeciendo los carabobeños a diario como son el de la gasolina, medicinas, alimentos, luz, agua y seguridad.

El problema de los carabobeños y venezolanos no tiene manera de resolverse en las ya agotadas “mesas de diálogo”, por cuanto los problemas que nos afectan se deben a la existencia del modelo económico socialista, es decir, un modelo basado en el estatismo, el dirigismo y el atropello a la libertad y a los derechos de propiedad; vale decir a la libertad individual, a la autonomía personal, al libre mercado, al libre comercio y a la libre empresa.

Muy por el contrario, la posibilidad de Venezuela de ver resuelto todos sus problemas pasa necesariamente porque haya un cambio de ese modelo y eso significa la salida de Nicolás Maduro y de la fuerza de ocupación de cubanos, rusos e iraníes que mantienen secuestrado y capturado el débil Estado Venezolano.

Por tanto, participar en ese falso diálogo, es contribuir a llevar más ilusiones y desencantos a enormes masas de venezolanos víctimas de este régimen y de su destrucción de la nación. Como ciudadano y demócrata, creo fervientemente en los partidos políticos como herramienta de cambio social; como vehículos abiertos para que los ciudadanos se expresen de modo organizado con respecto a la manera en que entienden deben ser gobernados. Pero cuando en lugar de eso, algunos partidos pasan a convertirse en el medio de vida de unos cuantos pícaros que toman ventajas a costa de muchos y se da la espalda a los ciudadanos encerrándose herméticamente en sí mismos, dejan de tener sentido tanto filosófico como práctico, y es ese el momento de dar un paso al costado, al advertir lo alejado que se encuentran de su desiderátum primal.

Hoy cuando una inmensa mayoría de venezolanos aspira un cambio verdadero que promueva la transición hacia una sociedad abierta y sustentada en los valores de libertad, es incongruente continuar con políticas de cohabitación y complicidades inexplicables.

En fin, estos son mis motivos para presentar mi renuncia irrevocable a la militancia así como a todo tipo de responsabilidad política relacionada con el partido Progreso. Un partido que fundé, respeté y voté en el pasado, pero que hoy lo veo tomar un camino equivocado, imposible de defender ante los ciudadanos, ni mucho menos ante mi propia conciencia. No se puede defender ante los demás aquello en lo que uno mismo no cree.

Me voy convencido que seré más útil a mi ciudad y mi país desde el aula universitaria, que por ser el principal campo de batalla por excelencia de las ideas y por ser ese espacio donde los jóvenes forjan su identidad política y las creencia que mueven sus acciones de vida, es necesario el concurso de agitadores del pensamiento que puedan intervenir las teorías e ideas hostiles a la sociedad abierta.

Lamentablemente y a pesar de la terrible experiencia venezolana de los últimos veinte años, el socialismo sigue teniendo gran influencia en nuestras universidades luego de haber sido infectadas por la izquierda castrista en la década de los 60 y por ello es allí, desde la cátedra de estudio desde donde debemos insistir en enseñar y demostrar que sólo una auténtica democracia liberal y una verdadera economía de mercado puede garantizar la libertad y prosperidad en Venezuela.

Y en esto quisiera ser muy claro, porque en política, no constituyen sinónimos, los conceptos de “otorgar apoyo” y “estar de acuerdo”: me retiro de la actividad partidista con la convicción de que la concepción ideológica que nutre a muchos partidos y líderes de la oposición, la visión del proceso histórico y el atavismo de aferrarse al intervencionismo y a la demagogia conseja de la” justicia social”, no permitirá llevar a cabo la tarea histórica de un cambio y transformación radical del anacrónico pensamiento económico.

Nuestro país demanda un cambio que sepulte para siempre la mentalidad socialista y enrumbe a la nación venezolana hacia una economía sana, sustentable, que viabilice la creación de una sociedad abierta soportada en la libertad de hombres críticos y prósperos.

¿Restaurar o cambiar? ¿Cambiamos de gobierno o cambiamos de modelo político? He allí el gran desafío que tenemos por delante los venezolanos.

Concluyo agradeciendo y reconociendo la abnegación al heroísmo y a la entrega apasionada a la lucha por la democracia y la libertad de nuestros dirigentes en las parroquias de Miguel Peña, Rafael Urdaneta y Santa Rosa, y a todos los que conforman las estructuras municipales del estado Carabobo.

A todos ustedes gracias…

Santiago Rodríguez

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