“Las ideologías no sirven”

(Por Santiago Rodríguez)

En la homilía efectuada en el Fórum de Valencia en honor a la Virgen del Socorro, el arzobispo Reinaldo Del Prette, fue contundente al señalar que “las ideologías no sirven”, porque “todas terminan en dictaduras”. No se equivoca monseñor Del Prette, cuando señala que todas las ideologías del Siglo XX terminan confiscando la libertad.

Y lo hacen porque todas nos conducen al totalitarismo, a la servidumbre voluntaria y a la coaccionan del libre ejercicio de la acción humana, por lo tanto todas son anti natura, inhumanas. Todas tienen su origen en la tradición intelectual del llamado racionalismo cartesiano o constructivista, de acuerdo con la cual la razón humana lo puede todo; por lo que puede inventar, crear y modificar a su antojo todas las instituciones sociales.

Este “racionalismo” no reconoce límites a las posibilidades de la razón humana y, obsesionado por los impresionantes avances en el campo de las ciencias de la naturaleza y la ingeniería, pretende utilizar sus mismos métodos en el área social, construyendo una ingeniería social que sea capaz de cambiar o rehacer al mundo y su naturaleza.

Este “creacionismo” secular en la ideología comunista, evolucionó con el planteamiento de la “hegemonía cultural” de Antonio Gransci, al criticar la teoría y la táctica de la “lucha de clases” marxista-leninista y plantear que la conquista del poder cultural era previa al poder político de la dictadura del proletariado. Esto sólo se lograría -especifica Gransci- mediante una nueva relación en cuanto a los medios de producción (estructura) con la cultura-ideológica (superestructura), para lo cual era necesario capturar la conciencia del individuo y demoler la filosofía de la razón, la moral religiosa y la familia, ésta última, por ser una institución social indisociable a la propiedad privada.

Siguiendo el recorrido del marxismo al neomarxismo, la “hegemonía” gransciana sirvió como puente para unir el uno con el otro, permitiendo el paso de la fracasada “lucha de clases” hacia una “batalla cultural”.  En ese recorrido, le correspondió a la escuela de Frankfurt desarrollar el “progresismo cultural” y su “teoría crítica”, teniendo como principal objetivo destruir los valores cristianos sobre los que se cimienta la cultura occidental.

También establecieron ante el fracaso del materialismo histórico, nuevas categorías de “victimas oprimidas” para la agitación revolucionaria, insertando así el “ambientalismo”, “indigenismo”, “derecho-humanismo”, “feminismo extremista” y la “ideología de género”. Esta última, bajo un conjunto de ideas anticientíficas, separa a la sexualidad humana de su naturaleza, al declarar la autoconstrucción de la propia sexualidad.

Esta falsa ideología tiene a la vez divisiones y subdivisiones en incesto, pedofilia, poligamia, trasvestismo, transexualismo, coprofilia, sadomasoquismo, posporno, zoofilismo y abortismo. Hay un solo objetivo que une a todas estas  desnaturalizadas perversiones bajo la careta del feminismo: la destrucción del capitalismo a través de la destrucción de la familia tal como la conocemos, y la destrucción de sus roles, de la libertad individual, y de la autonomía personal, por el Estado.

Ludwig von Mises, en su libro “Socialismo”, advierte sobre la necesidad de distinguir entre la lucha de las mujeres por obtener derechos y justicia y la pretensión de usar las injusticias como bandera para querer cambiar lo que la naturaleza ha dispuesto. Como tal es lo que pretenden los movimientos feministas del marxismo cultural.

La verdadera cultura no solo no es enemiga de la vida, sino que está siempre de acuerdo con ella. La ideología de género, no es más que una construcción abstracta que busca separar al hombre de la noción de Dios, y sustituir la moral cristiana por el relativismo ateo.

No hay nada más mortífero en estos tiempos que las falsas ideologías que pretenden conducirnos al sometimiento tribal. Por ello, enhorabuena,  nos los recordó monseñor Del Prette en la fiesta de la hermosa Dolorosa del Socorro, como también nos recordó que el “poder es amor”; el mismo amor que predicó Jesús, que trastocó el fundamento de la sociedad antigua, sustituyendo a la violencia por el amor a Dios sobre todas las cosas.

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