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La oscurecida vida del negro Antonio

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(Por: Arnaldo Rojas)

.- Seguimos con nuestra serie de “Venezolanos insólitos” y nos corresponde referirnos a un personaje pionero de las leyendas urbanas en nuestro país.

Miguel Ángel Barrios habría nacido en Belén, municipio Carlos Arvelo, en 1927 y sus primeros años transcurrieron con la tranquila rutina propia de la vida en el campo. Pero en la adolescencia su vida se empieza a oscurecer.

La versión oficial refiere que, en su juventud incursionó en delitos como el abigeato (robo de ganado) y lesiones cometidas contra productores agropecuarios de Carabobo, Cojedes y Guárico. En la cárcel de Tocuyito estuvo detenido por dos años por robar unos cochinos, aunque él aseguraba que era inocente. Al salir en libertad buscó a una familia que consideraba lo habían acusado falsamente. Los ubicó en el barrio Nueva Valencia.  Amparado en la oscuridad de la noche, prendió candela al rancho. Una pareja y su pequeño hijo murieron calcinados. Fue el inicio de su prontuario policial, al cual fue sumando una ola de asesinatos y otros crímenes que tuvieron como escenario la Sierra de Carabobo, Boquerón, el Pao, Tocuyito, Cogollal, Manuare, Guigue, Central Tacarigua y hasta Arismendi en el estado Barinas, donde asesinó a un guardia nacional e hirió a otro que trataban de capturarlo.

Ya era conocido como El Negro Antonio y adquirió fama de ser escurridizo por su extraordinaria habilidad para escapar de sus perseguidores o captores. En el imaginario popular se le atribuían poderes sobrenaturales o un pacto con el Diablo que le permitían desaparecer de un lugar y aparecer en otro muy lejano para cometer otro crimen. Como en un remolino tenebroso, su leyenda fue dando giros inesperados. Algunos promovidos por sus propios perseguidores. Todo crimen cuyo responsable era desconocido se le achacaba al Negro Antonio. La Digepol, policía política de la época, lo vinculó con los movimientos guerrilleros, bajo el argumento que muchas de sus víctimas eran opulentos propietarios de haciendas. Por lo que también corrió la especie que era una especie de “Robin Hood” criollo, que robaba a los ricos para darle a los pobres. Los periódicos alimentaban sus titulares con estas “noticias” y fue bautizado como “El Enemigo Público Nº 1”.

La versión extraoficial cuenta que, desde muy pequeño, aprendió a leer y en su juventud se interesó por libros de metafísica y ocultismo. Se hizo un conocedor de las ciencias ocultas y cultivó habilidades esotéricas, como leer el tabaco y “Los Velados”, un ritual de sanación que consiste en poner a las personas con los brazos extendidos en dirección al sol, colocándole en las manos velas de colores. También preparaba pócimas curativas con las cuales ayudó a mucha gente. Adquirió gran fama como brujo y hasta decían que pronosticaba el futuro. Su prestigio trascendió las fronteras locales y sus servicios muy requeridos. La enorme popularidad de aquel brujo despertó la curiosidad de La Digepol. Sus prácticas eran consideradas un delito y le atribuyeron varias muertes inexplicables para la opinión pública. Se convirtió en el perfecto chivo expiatorio.

El telón de fondo de ambas versiones son los años 60, muy convulsionados políticamente, por lo que las sombras impiden conocer la verdad de muchos acontecimientos. Tal vez por eso, un velo de oscuridad cubre parte de la vida de este personaje.

Su final quedó registrado en la crónica policial. Como una cruel ironía del destino, en Nueva Valencia, donde supuestamente comenzó su carrera delictiva, la tarde del 5 de mayo de 1965, funcionarios de La Digepol lo ubicaron en un rancho y, sin correr ningún riesgo, lo despacharon de cinco balazos (llama la atención la recurrencia del número 5). Sin embargo, no murió la leyenda, desde entonces, su tumba en el Cementerio Municipal de Valencia, se convirtió en lugar de una distorsionada veneración, donde, además de rituales y velones, se aprecia una exhibición de estampitas y placas agradeciendo al Negro Antonio por “los favores recibidos”.

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