La evolución kirchneristas de Macri y el cambio verdadero en Venezuela

Por Santiago Rodríguez/

Comencemos por establecer la diferencia existente entre un cambio
verdadero y la evolución de una situación política dada. Cambiar es
sustituir o reemplazar una cosa por otra; apartar una cosa del lugar que
ocupa y en su lugar poner otra. Cuando la sustitución atañe no sólo la
forma, sino principalmente la esencia o naturaleza de la cosa dada, la
poderosa lengua española designa para ello una palabra sinónima:
Transformar.
Una evolución, empero, no implica que la esencia de la cosa sea sustituida,
aunque la cosa dada varíe de forma, de aspecto. Estas situaciones se ven
mucho en política, donde la naturaleza de una situación dada, al ser
sometida a la presión y las luchas de las sociedades, va adoptando a
través del tiempo formas distintas de presentarse ante la realidad, sin que
necesariamente esas formas variadas signifiquen un cambio de la
naturaleza, de la esencia de la situación que pulsa por ser cambiada,
sustituida por otra.
En Argentina por ejemplo, hemos visto que con la llegada de Macri al
poder en el 2015, hubo una alternancia de poder más no un cambio de la
naturaleza política, porque las características permanentes e invariables
del kirchnerismo no fueron sustituidas por las características
permanentes e invariables de otro modelo político; lo que sí habría sido
un cambio.
De allí que la estafa más grande a las ideas del liberalismo en América
Latina es la administración de Mauricio Macri. Según datos de CELAG y
como bien lo describe en un artículo Alex Kaiser de la fundacion para el
progreso, cuando llegó al gobierno el líder de Cambiemos recibió el país
con un PIB per cápita de 16.727 dólares en valor de 2004. En 2018 este
había caído a 15.981 dólares. En el mismo período el desempleo subió de
6,5% a 9,1%, la pobreza de 29,7% a 34,3%, el déficit fiscal de 5,1% a
6,1%, la deuda externa sobre el PIB aumentó de 26,1% a 53%, la inflación
de 23,6% a 47,6% y el riesgo país se disparó.
Pero de acuerdo a los liberales latinoamericanos  la derrota no se debe a
que fracasó el liberalismo, sino a que el gobierno de Cambiemos no asumió las medidas liberales para desactivar la bomba de tiempo que le
dejó el kirchnerismo. Al punto que según el propio Alex Kaiser, “El
pragmatismo llegó a tal nivel que, hoy, Macri se ha convertido al
kirchnerismo” Y es que Macri aplazó la desestatización de economía y
optó por el intervencionismo y el gradualismo, evitando reformas de
fondo que en la práctica no fue otra cosa que cabalgar sobre el desastre
heredado del gobierno socialista del kirchnerismo, desafortunada
decisión bajo el cálculo de que así no se asumiría el costo político que
pudiera conllevar un ajuste radical del modelo económico.

El pragmatismo ha llegado a tal nivel que hoy el gobierno de Macri
parece un calco de un gobierno peronista, al promover controles
paralizantes, retenciones a las exportaciones, fijaciones de precios,
congelación de alzas de tarifas y nuevos subsidios.
Además según el economista Héctor Torres, Argentina ha recibido,
durante el gobierno de Macri, 57 mil millones de dólares, el préstamo más
alto a un país en la historia del FMI. Pero la errática administración en vez
de amortizar la deuda ha utilizado el ingente préstamo para mantener el
tipo de cambio, sembrando vientos para futuras tempestades al estilo de
la crisis 2001.
El costo de no asumir políticas económicas que rompieran con el pasado,
engranadas hacia una rápida transición liberalizada y orientada hacia la
exportación, trajo como consecuencia el reposicionamiento del
kirchnerismo en el imaginario de una población defraudada, pudiendo
ganar ahora la opción del socialismo empobrecedor la segunda vuelta
presidencial de este año, con lo cual el país volvería a manos de la mafia
del Foro de Sao Paulo, que secuestró y espolio a Argentina por más de una
década.
El caso de Argentina es una muestra que la democracia liberal debe lograr
el éxito económico si quiere conseguir el éxito político. Que en el
liberalismo la libertad es indivisible y que las libertades políticas no
garantizan por sí sola la prosperidad de la sociedad. Esto es
especialmente relevante en una Venezuela donde asistimos al umbral de la lucha por reorganizar nuestra democracia, con unas ansias de cambio
que brotan nuevamente y con más fuerza en los ciudadanos.
Esa rebelión ciudadana solo podrá promover un cambio verdadero hacia
una sociedad abierta y obediente a los valores de la libertad sólo a
condición de que la generación de 2007, que hoy dirige Juan Guidó,
entiendan lo que está ocurriendo hoy en Argentina y abandonen
radicalmente la filiación a las ideas socialistas del liderazgo histórico
venezolano. No hay forma ni manera de que el socialismo, en cualquiera
de sus formas y apariencias, pueda representar una opción de cambio
radical con respecto al modelo que nos arruinó y provocó la actual
tragedia.
En mi opinión – y en la de muchos otros venezolanos – para que además
de la libertad política, nuestra democracia nos traiga también leyes que
garanticen a los ciudadanos el disfrute de un alto nivel de desarrollo y de
rendimiento económico que brinde prosperidad, estabilidad y progreso a
toda la nación, necesitamos un cambio que reconstruya desde sus
cimientos nuestras instituciones, nuestras ideas y nuestras costumbres
políticas. Un cambio no socialista, ni socialdemócrata, ni socialcristiano,
sino liberal; un cambio verdadero en Venezuela

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