Humor y horror en tiempos de pandemia

(Por: Arnaldo Rojas)

.-*No es la primera y seguramente no será la última pandemia. La anterior sucedió hace cien años y en nuestro país también dejó sus secuelas entre trágicas y cómicas, tal como lo indica un ejercicio de la memoria al pasearnos por registros de la época.

Pestes y muchas epidemias ha padecido Venezuela a través de los siglos como el vómito negro o fiebre amarilla, el cólera, la viruela, la peste bubónica. En octubre de 1918 llega a Venezuela la pandemia de gripe española que causó la muerte de más de cuarenta millones de personas en el mundo y en Venezuela se estima que unas ochenta mil, de las cuales más de 1.500 en Caracas. Como gran parte del mundo, Caracas y todo el país pasó por una terrible prueba de muerte y dolor.

Por cierto, el recientemente beatificado, Dr. José Gregorio Hernández, estaba llegando de actualizar sus estudios de Embriología e Histología en Nueva York y en Madrid, y se incorpora al intenso trabajo de la emergencia. Se crearon juntas de socorro, comisiones para cada parroquia y 6 hospitales de aislamiento.

El dictador Juan Vicente Gómez, que ya llevaba diez años en el poder, temeroso del contagio, abandonó su residencia de Maracay y se refugió en un lugar secreto e incontaminado mientras pasaba la peste. Entre los fallecidos se contó gente del gobierno, como Alí Gómez, hijo del dictador. Se dice que su padre no quiso verlo durante su enfermedad ni al fallecer, no obstante que era el predilecto entre sus numerosos vástagos, por temor a que le contagiara.

El país vivió una verdadera hecatombe, se agotaron las urnas obligando a reutilizarlas dos y tres veces, los entierros eran colectivos.

Por las calles de Caracas, se veía pasar un camión de estacas cargado de cadáveres sin urna, conducido por un personaje que apodaban “El Mono”. El administrador del cementerio de Caracas fue destituido por “incompetencia administrativa”, lo cual trajo como consecuencia que durante varios días la necrópolis general del sur quedara acéfala. Nadie quería encargarse de ese trabajo. Hasta que apareció un señor llamado Pedro Pérez que aceptó el cargo y sus peligros. Tomó las mejores medidas que en tan fatales circunstancias eran posibles, ya que, como él mismo lo declaró: “Ya no se consigue en la ciudad ni una urna y ningún carpintero tiene bríos para cepillar madera. No hay enterradores, ni tiempo ni fosas”. Ante esta situación, Pérez hizo abrir gigantescas fosas comunes. Las autoridades pusieron a circular el “furgón funerario” con capacidad para treinta difuntos. El solo aspecto del carromato fúnebre era espantoso. Desde las dos de la tarde salía a recorrer las calles para recoger muertos de toda condición.

 El furgón se anunciaba con una campanilla y las casas donde había uno o varios muertos se preparaban para hacer la lúgubre entrega. Se registraron casos espantosos como el de una casa de vecindad en El Guarataro, donde se encontró que, de veinte personas que la habitaban, 19 habían muerto. Solamente se encontró con vida a un niño de tres años, jugando inocentemente con el cadáver de su madre. El niño fue rescatado y entregado a un orfanato.

No faltaban los inconscientes e irresponsables que no temían al contagio porque se imaginaban que tomando ron o caña clara se inmunizaban. Desde luego que estas bebidas se encontraban en taguaras clandestinas.

Andrés Eloy Blanco, joven y laureado poeta para ese entonces, evocó, frente a la pandemia, la leyenda del Limonero del Señor en la esquina de Miracielos.

Igual que ahora, en primera línea se encontraban, los héroes anónimos: enfermeras, cuidadoras y médicos que con valentía se encargaban de atender a los contagiados, esforzándose por salvar vidas poniendo en riesgo las suyas.

Los miembros de la Academia Nacional de Medicina, ante la proliferación de notician falsas y remedios inútiles, publican una declaración oficial explicando en qué consistía la enfermedad y cuáles eran los tratamientos más convenientes.

Los doctores José Gregorio Hernández y Luis Razetti declaran públicamente que lo que estaba matando a tanta gente no era la gripe propiamente dicha, sino el estado de absoluta pobreza y miseria en que viven la mayoría de los venezolanos, mal alimentados y con escasa o ningunas condiciones de higiene, muchos con padecimientos crónicos de paludismo y tuberculosis.

Pero así como se vivió la tragedia, el pueblo, que había soportado, indoblegable, varias epidemias, mantuvo encendida la chispa del humor en medio del horror. Es así como puso a rodar esta copla:

Sarampión, tocan la puerta

Lechina, ve a ver quién es.

Si es la comadre Viruela

Dile que vuelva después.

Mientras que en el periódico “Pitorreos” de los humoristas Francisco Pimentel “Job Pim” y Leoncio Martínez “Leo”, aparecen de pronto notas sociales como la siguiente:

El señor Rufo Barnola

Tiene la influenza española

La niña Juanita Cheste

adquirió la misma peste

Ojalá no se derrengue

Juan Pérez que tiene el dengue.

Quizás de allí viene el dicho popular: Al mal tiempo, buena cara. En diciembre de 1918, la mortal gripe, después de causar estragos, así como llegó, se fue.

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