domingo, enero 17, 2021

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Fratelli Tutti: Una nueva educación para una nueva humanidad. IX y última Parte

Columna: Violencia, Cultura y Religión

(Por: Pbro. Luis Eduardo Martínez Bastardo)

Lmartinezbastardo@yahoo.com
@luiseduardomb
@luemba22

Después de una largo receso por la Navidad, tiempo en el cual celebramos el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo y contemplemos en el pesebre al Dios humanado hecho hombre como uno de nosotros, retomamos nuestro encuentro semanal, en el cual venimos reflexionando sobre la Carta Encíclica del Papa Francisco Fratelli Tutti, acerca de la fraternidad universal y la amistad social.
Justamente con esta entrega en la que nos acercaremos al capítulo VIII, vamos a concluir nuestro camino reflexivo sobre este documento Papal.
El capítulo VIII lleva por título: Las religiones al servicio de la fraternidad del mundo. El tema desarrollado, y que ha llamado la atención del papa ha sido la fraternidad universal y la amistad social.
Estos se han constituidos como los dos grandes hilos conductores que brotan, como el mismo Papa lo ha afirmado, de sus reflexiones y focos de atención. Este último capítulo procura redescubrir desde la visión del Papa, los aportes que las religiones pueden ofrecer para concretar esta necesidad de la fraternidad universal: “Las distintas religiones, (…) ofrecen un aporte valioso para la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad”.
Hay una amplia y diversa visión de las religiones y un distanciamiento de todo atisbo de violencia; no son compatible violencia y religión en la comprensión del Papa argentino, y el quicio para alcanzar este status es por medio de una palabra que ha sobreabundado en esta Carta, el diálogo, “el objetivo del diálogo es establecer amistad, paz, armonía y compartir valores y experiencias morales y espirituales en un espíritu de verdad y amor”.
Hay una importante precisión que el Papa ofrece antes de pensar utópica o idílicamente la fraternidad universal, y es una precisión profunda, fundamental, -o en palabras escolásticas-: hace una precisión ontológica, metafísica. El Papa la denomina: el fundamento último. Es que en una sociedad donde el concepto está fragmentado, las palabras diluidas y el Ser carece de sentido, conviene que
entendamos que para lograr una cosa tan elevada es necesario que sostengamos una verdad trascendente, la cual define como: “la razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad”; la verdad trascendental es aquella capaz de sostener y fundar la necesaria hermandad universal.
Esta verdad de la que venimos hablando es la que puede contraponerse a la concepción de un mundo transmoderno que el Obispo de Roma llama Totalitarismo Moderno y que describe como: “la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social, ni la nación o el Estado. No puede hacerlo tampoco la mayoría de un cuerpo social,
poniéndose en contra de la minoría”. Rescato esta definición y la asumo como una excelente categorización de lo que he llamado Transmodernidad ya que vivimos inmersos en un pensamiento kantiano, que parece abandonar y rechazar las concepciones fundamentales de la persona humana, no por Kant, sino por la solubilidad de la sociedad en la que vivimos. Tiene que haber un argumento
ontológico, sin esto, toda verdad desaparece, incluso la verdad de la persona humana.
El Papa Bergoglio hace un esfuerzo importante por descubrir en este siglo la responsabilidad social de la fe. Ya San Juan Pablo II había hecho el mismo llamado en su hermosa Carta Ecclesia de Eucharistia. La razón de ser de las religiones no es solo la búsqueda de adeptos o de seguidores, es “hacer presente a Dios (ya que) es un bien para nuestras sociedades”. Y simultáneamente señala el peligro de abandonar esta misión: “cuando, en nombre de una ideología, se quiere expulsar a Dios de la sociedad, se acaba por adorar ídolos, y enseguida el hombre se pierde, su dignidad es pisoteada, sus derechos violados”.
Las religiones en la sociedad deben convertirse en luz, faros encendidos, fermento; imágenes estas empleadas por Jesucristo en el Evangelio para invitar y advertir a sus seguidores que la misión cristiana está revestida de una necesidad de resonancia social y política. La amenaza es evidente, la necesidad imperiosa: “entre las causas más importantes de la crisis del mundo moderno están una conciencia humana anestesiada y un alejamiento de los valores religiosos, además del predominio del
individualismo y de las filosofías materialistas que divinizan al hombre y ponen los valores mundanos y materiales en el lugar de los principios supremos y trascendentes”.
La Iglesia, que es nuestra realidad concreta y nuestro contexto vital inmediato no escapa de este deber que lamentablemente ha sido pospuesto, suspendido y olvidado por muchos de sus miembros por diversas razones. En tal sentido el Papa hace dos importantes afirmaciones. La primera: “la Iglesia respeta la autonomía de la política, pero no «puede ni debe quedarse al margen» en la construcción de un mundo mejor ni dejar de «despertar las fuerzas espirituales»”. Esta afirmación desarma totalmente el sostener equivocadamente que la Iglesia no puede hablar de política como si se trata de una entelequia o una institución en la que no resuenan los problemas de la sociedad, y la segunda afirmación es: “los ministros religiosos no deben hacer política partidaria (partidista, diríamos nosotros), propia de los laicos, pero ni siquiera ellos pueden renunciar a la dimensión política de la existencia”.
Esta segunda definición resulta mucho más reveladora que la primera. Por una parte el Papa Francisco asume que la dimensión política se encuentra en el ontos, en el Ser, que forma parte de la existencia, no es una realidad contextual, o cultural, es fundamental, profunda, irrenunciable, concomitante, inexorable a la vida humana. Y por otra parte recuerda que la vida político-partidista le pertenece a los lacos, es decir, son ellos los que deben trabajar con mayor ahínco para que en la sociedad no deje de sonar la música del evangelio.
Aunado a estas dos afirmaciones, hay también una importante conclusión: “La Iglesia «tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia y educación» sino que procura «la promoción del hombre y la fraternidad universal». No pretende disputar poderes terrenos, sino ofrecerse como «un hogar entre los hogares —esto es la Iglesia—”. La misión de la Iglesia está clara: ser un hogar, un hogar en el que se dialoga, se evidencian los problemas, se buscan soluciones consensuadas, se corrige, se pide perdón, se escucha; se denuncia. Todo esto es la Iglesia. El evangelio debe resonar en todos estos ámbitos, lejos de toda marca de violencia y de todo intento de imposición, de coacción o de juicio. “Si la música del Evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer»”.
El transitar que hemos hecho juntos analizando los elementos que conforman esta Carta Encíclica del Papa Francisco ha sido un camino interesante. Fue el mismo Papa quien evidenció su pensamiento y nosotros lo hemos visto desde el prima de una nueva educación que debe ser el principio de causalidad para una nueva humanidad. El análisis no ha sido desde el obsequio religioso de mi voluntad, ya que éste es un tema discutible, en el que se pueden entablar largas y profundas discusiones;tampoco ha sido un análisis pragmático, utilitarista. Solo he querido evidenciar con la mayor humildad y agudeza, cómo concibe el Papa argentino esto de la dimensión política en un mundo como el nuestro.
El contexto latinoamericano tiene algunos hitos a los que no se puede renunciar si queremos analizar la situación objetivamente, si queremos descubrir la realidad sensible de la mejor manera.
Militarismo, Gobiernos marcados por la demagogia, clientelismo y populismo exacerbados, lo soluble de la Izquierda, la Derecha y el Comunismo; el Matriarcado como concepción de una familia que recibe a manos llenas y extendidas; el socialismo cálido fruto de la relación fructuosa entre socialismo científico y cristianismo; todo esto marca la precomprensión social de toda la realidad sensible, incluida la teología, la Iglesia y hasta el mismo Dios.
En un contexto como éste, alcanzar el diálogo, la madurez de asumir los errores y corregirlos, la importancia de la escucha y la necesidad de denunciar lo que no es correcto, no es una tarea simple y fácil. A menudo, se identifica a la Iglesia como una institución sola y exclusivamente espiritual, entendiendo esto como una suerte de comunión mágica con lo sagrado que no afecta en nada lo humano, que no es capaz de tocar y transformar las realidades humanas. La Navidad es el reflejo de todo lo contrario; Dios entra en la historia de la humanidad no solo para santificarla sino también para vivir con nosotros nuestra propia vida. A la Iglesia no le queda más que esto, hacerse presente en todos los ámbitos de la vida humana.
Una acción evangelizadora de la Iglesia comprometida con el Bien Común desde la práctica religiosa autentica y profética debe contribuir a “reconocer los valores fundamentales de nuestra humanidad común”. Políticamente Venezuela asume un nuevo rumbo y esta vez más complejo, el panorama no está claro, está más confuso. Que el compromiso cristiano de nosotros, los ciudadanos, el ejemplo del doctor José Gregorio Hernández y la fuerza de Dios nos ayuden a fortalecer los lazos de una autentica amistad social, y de una fraternidad sincera.

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