Enero de pronósticos y predicciones

(Por Lionel Álvarez Ibarra).-

Enero ha sido siempre mes de pronósticos y predicciones. Las últimas generaciones de venezolanos quizás no lo hayan percibido así, porque lo que han conocido como kioscos de periódicos, son unos tarantines destartalados y vacíos de mercancías. Pero ignoran que,  cuando la democracia, esos kioscos estaban bien surtidos, con decenas de revistas, tanto nacionales como internacionales, y en sus ediciones de enero  nos entregaban horóscopos y vaticinios de lo que nos depararía el nuevo año.
En un enero, mi hermana, que era compradora compulsiva de revistas -y creyente de horóscopos-, adquirió una que pronosticaba que ese año fallecería Francisco Franco, el dictador de España. Al lado de mi casa se había mudado una familia de emigrantes españoles y salí corriendo a mostrársela a la señora Mary Carmen. Ella la leyó y riéndose me dijo: “No hijo, no esté creyendo eso, ese señor todavía no se va a morir ¡por eso es que nosotros estamos acá!”.
Quince años después, en 1975, las noticias anunciaban el verdadero fallecimiento del caudillo. Ese día recordé las palabras de Mary Carmen, que en su momento tuvo mejor tino que los astrólogos, y aprendí  lo desacertadas que pueden ser esas predicciones.
A pesar de tantos desaciertos -para muestra bastaría ver las predicciones para Venezuela en los últimos veinte años- es increíble cómo esos videntes parecieran lograr mantener su prestigio y credibilidad, y peor aún, que todavía quede gente para leerles y escucharles.  Muchos, a nivel personal, acuden a ellos, para que les lean la  mano o las cartas y le develen su porvenir.
Esas ansias del hombre por conocer su futuro no es nada nuevo. En la Antigua Grecia existía el Oráculo de Delfos, situado en un gran templo consagrado al dios Apolo. Allí se encontraba Pitia, la Pitonisa, una mujer que predecía el futuro, y a ella acudían hombres cultos: filósofos y gobernantes. También en la Antigua Roma existían los Augures, sacerdotes que practicaban oficialmente la adivinación. Así continuó en la Edad Media, hasta nuestros días. Unas ansias  de conocer el futuro, que pareciera hasta absurda, si consideramos que la “sal de la vida” es precisamente ese misterio que rodea nuestro porvenir. Si toda nuestra vida se nos fuera anticipada día a día, hasta su fin, con todas sus venturas y desventuras, estamos casi seguro que la mayoría perdería el impulso y hasta el interés por vivirla.
Diariamente moldeamos nuestro futuro ¿Quiere tener una idea de cómo será su mañana? Observe bien sus pensamientos y palabras del día de hoy.
Por supuesto que, en ocasiones, voluntariamente nos transportamos al futuro; cuando imaginamos, planificamos o nos establecemos metas. Eso es importante y hasta necesario, porque nos permite marcar un rumbo  y saber hacia dónde nos dirigimos. Lo contraproducente surge cuando nos ponemos a rumiar y a imaginarnos lo peor, cuando nos adelantamos a todo lo malo, aunque las probabilidades de que ocurran sean mínimas; ello nos puede originar ansiedad, que emocionalmente afecta nuestra salud.
Los investigadores del bienestar y la felicidad, recomiendan vivir la vida en el aquí y el ahora. Para ello necesitamos detener el tiempo y eso se logra con la presencia. Ese estado de presencia, que para el niño es normal y para el adulto es tan difícil. Cuando le hablamos a un niño, nos escucha  y permanece plenamente absorto a lo que le decimos. El adulto va desaprendiendo esa  capacidad de prestar atención  y su escucha se va convirtiendo en una simulación. Nos “deja la cara” frente a nosotros, pareciera  estar escuchando, pero realmente está pensando en el pasado o en el futuro, no está  allí presente.
Pongámosle mas atención al presente. Si las circunstancias son adversas, enfrentémosla con la mejor actitud. Menos quejas y lamentos; y más agradecimientos. Si muchos de los familiares han emigrado, fortalezcamos nuestras redes de amigos, acerquémonos a aquellos que nos han demostrado aprecio; los optimistas y con buen sentido de humor, de agradable conversación; aquellos con quienes tenemos más afinidad e intereses comunes. Reservemos tiempo para nuestra conexión espiritual y descubramos nuestro propósito de vida.
Vivir en el momento presente requiere esfuerzo. El yoga y la meditación son prácticas efectivas que enseñan a calmar la mente y a  vivir más plenamente el momento presente.

Lionel Álvarez Ibarra
Enero 2020

“Pasé más de la mitad de mi vida preocupándome por cosas que jamás iban a ocurrir”
— Winston Churchill

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