El regreso de las luces

(Por: Manuel Barreto Hernaiz)


_”El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca.”_
*Immanuel Kant*

Kant nació en 1724 y murió en 1804. Este alemán transformó radicalmente la concepción del conocimiento, pues a partir de él puede pensarse que nuestro sistema cognoscitivo, aunque trascendental, puede depender de factores cambiantes. Para el filósofo que hoy nos ocupa, la inteligencia del individuo se mide por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar… Y cuánta, de manera estoica, ha soportado la sociedad venezolana. Cuando una sociedad deja de proteger la vida, en todos sus estadios, se oscurece, se enmudece y se corrompe. Tal como lo indicase Kant, el propio sujeto se degrada, al considerarse a sí mismo como un simple medio. Lo propio de la dignidad humana radicaba, para este filósofo, en el hecho de que el hombre nunca fuese visto, tanto por sí mismo como por los demás, como mero instrumento, sino siempre como un fin en sí y para sí. La dignidad humana se presentaba, para Kant, inseparablemente unida a la espontaneidad natural. Cuando un gobierno, que en principio es el que debería estar especialmente predispuesto para la protección y el cuidado de la sociedad, de las familias, resulta precisamente quien menos interés le pone a tan delicado asunto, pues a partir de ese momento la vida social adquiere un carácter siniestro e inquietante. Por concebir la felicidad en términos hedonistas (como satisfacción de necesidades naturales)  el ilustre pensador se vería obligado a separar moralidad y felicidad. No consideraba Kant -a diferencia de Rousseau- que el Estado debiese tener como objetivo la felicidad de los ciudadanos.

Es más bien una aspiración que cada uno de ellos debe satisfacer. Por eso, las leyes del Estado no pueden plantearse el bien común como equivalente de la felicidad de todos.   Si así fuera, el Estado le estaría robando a los ciudadanos su autonomía para decidir sobre las mejores vías para alcanzar la felicidad…                   Y recordemos que la UNESCO nos confirió durante varios años y bajo este régimen, un reconocimiento como ” País de felicidad alcanzada. ¿ Ironía, sarcasmo … o la ” Petrochequera de aquel entonces?

Lo que el Estado tiene es que velar por una Constitución que establezca normas generales y abstractas que garanticen la libertad e igualdad de todos los hombres en términos legales. Por decirlo en términos kantianos, se da una recaída desde el estado de civilización al estado de naturaleza. Es la ley de la selva, es decir, la ley del más fuerte, pues es sabido que cuando no hay ley, se impone el más fuerte. Las leyes, según Kant, hacen libres a los hombres al proteger su espacio de decisiones, no al proponer medidas concretas para su desarrollo personal; y éste, fue el punto fundamental en la concepción del Estado de Derecho.

Sin embargo, fue menester el trágico transitar del violento siglo XX para tener aún presente aquellas máximas, que insisten en repetir, a casi 100 años de distancia, en nuestro terruño: “Obligaremos al hombre a ser feliz”, gritaban los bolcheviques de octubre 1917. “Obligaremos al hombre a ser justo”, repetía el nacionalsocialismo en 1933. Confundir la enseñanza con el adoctrinamiento y la información con la propaganda implica un retroceso en lo que constituye la base de nuestra civilización.

No se trata de disfrutar el rol de Casandra, aquella desdichada sacerdotisa que no hacía más que pronosticar desastres, como la caída de Troya, pero nadie le hacía caso. Ya se avizoran tiempos de cambio. Ya se evidencia un serio compromiso ante el porvenir, que no se trata de recibir las migajas que van quedando del botín del erario nacional, oro cambiado por gasolina… Impensable realidad que ya nos alcanzó. Y con ese combustible se espera desviar la atención del gravísimo problema de la energía eléctrica; lo que nos retrotrae al tema que nos ocupa… el regreso de las luces.

A lo largo de siglo XVIII se desarrolló un movimiento no sólo filosófico o ideológico, sino cultural en sentido amplio, que constituyó un estado de espíritu de vasta influencia en la actividad literaria, artística, histórica y religiosa, conocido como Siglo de la Ilustración o de las Luces. Si bien en Francia serían Diderot y D’ Alembert los responsables de la Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, de las artes y de los oficios, desde Alemania sería Kant su principal representante. Y así lo resumía: “La Ilustración consiste en el hecho por el cual el hombre sale de la minoría de edad. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la ayuda y dirección de otro. Uno mismo es culpable de la minoría de edad, cuando la causa de ella no yace en un efecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y de ánimo para servirse con independencia de él, sin la ayuda de otros…”
¡Sapere aude! …¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la Ilustración.

Sostenían los pensadores clásicos que la virtud de la fortaleza, más que impulsar a la realización de acciones difíciles o arriesgadas, estaba en la capacidad de resistir con entereza los ataques de la adversidad. A la vista de las fuerzas movilizadas por la perversidad de este régimen y sus secuaces, no hay que ser una Casandra especialmente competente para advertir que se aproxima la hora de la resistencia, del compromiso y de la voluntad que cambie el porvenir de nuestro país. 

*Manuel Barreto Hernaiz*

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