El otro


(Por: Manuel Barreto Hernaiz)

.-Se ha pensado, a través de la historia, que la otredad es una forma de reconocerse a sí mismo. Pero encontrarse requiere una realidad fuera de sí. Es menester dirigirse a lo ajeno, a lo diferente, se hace necesario establecer la objetividad del otro.

Diderot, en su obra Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, elabora una acertada metáfora acerca de la concepción del mundo que tienen los ciegos de nacimiento. “Es que yo presumo que los otros no imaginan de manera diferente que yo”, dice el invidente de Diderot. El mundo es lo que el ciego piensa, y como lo piensa. La ceguera, congénita o adquirida, que conduce a la imaginación única, al pensamiento único, y de allí a toda suerte de fundamentalismos destructivos. Las ideas plasmadas en esta obra fueron la causa de que Diderot fuese encarcelado en la prisión de Vincennes.   Y con su lírica gracia anotaba Julio Cortázar, en “Rayuela”: “La verdadera otredad hecha de delicados contactos, de maravillosos ajustes con el mundo, no podía cumplirse desde un solo término, a la mano tendida debía responder otra mano desde afuera, desde lo otro.”

Se utilizan los términos otredad y alteridad (particularmente los antropólogos) de manera intercambiable, para referirse a la categoría humana fundamental del otro que necesitamos, para lograr, lo que vanamente llamamos convivencia.

El aceptar una otredad distinta, no elaborada a partir del Uno, supone admitir formas de conocer diferentes, e implica también el diálogo y la relación con ese otro en un plano de igualdad, basado en la aceptación de la distinción y no en la semejanza. Hemos cultivado una tolerancia obligada, sin haber intentado nunca imaginarnos como los otros. Y de esta manera hemos alimentado una intolerancia mutua que conspira en contra de la idea de nación, y atenta contra la idea de identidad en la diversidad.

No basta con tolerarse. Es necesario realizar el recorrido desde nuestra mente hasta la mente del otro, y pernoctar dentro de ella lo suficiente para que, al salir, ya no seamos otra vez los mismos. Nunca se llega a estar demasiado cerca uno del otro, porque la cercanía permite vernos los rostros, que es el primer paso para trasladarse hacia el otro. La tolerancia no llega a bastar, como actitud pasiva, y puede ser tan sólo un disfraz de la conmiseración, de la condescendencia, o de la resignación ante lo irremediable. Que exista el otro a mi lado, pero no conmigo. Que comparta el mismo autobús, la misma fila de asientos en el cine, la misma ciudad, el mismo territorio. Pero no los mismos espacios del pensamiento, donde todo llega alguna vez a fundirse.

Fingimos que tenemos una identidad común, y queremos dar a la diversidad una categoría “inocente”, que pretende la cercanía vernácula y folclórica como si los demagógicos discursos sean suficientes para un logro que no se divisa, estableciendo cierta remembranza con aquella sentencia de los jacobinos, en plena efervescencia de la Revolución Francesa…”Y quien no quiera, pues le obligamos a ello.” O como en tiempos de la Revolución Cultural en China, uno de los más despiadados experimentos en contra de la diversidad cultural. Entonces el Estado pretendía que todos leyeran un solo libro, el Libro Rojo con los pensamientos de Mao, y que todos vistieran de una sola manera, con un uniforme gris fabricado por millones. Hemos cultivado una tolerancia obligada, sin haber intentado nunca imaginarnos como los otros. Y de esta manera hemos alimentado una intolerancia mutua que conspira en contra de la idea de Nación, y atenta contra la idea de identidad en la diversidad.

Será necesario poder demostrar a todos que vivir en un territorio común, y bajo un sistema político común, significa que todos tenemos oportunidades comunes, y derechos de representación política real, con las debidas garantías de tolerancia, diversidad y pluralismo.

Anotaba Octavio Paz (El Laberinto de la Soledad)…”Vivir es exponerse, admitir que la existencia es vulnerable al contacto con los demás…La pregunta por el otro es la interpelación de la diversidad. En esa búsqueda de lo otro se abren las ventanas del espíritu de la pluralidad”.

Resulta, por tanto, como tarea cívica, el trabajar y profundizar las acciones, en diversas direcciones, que hagan ver de manera patente que las relaciones con, de y hacia la diversidad hacen parte de una prioritaria ética de la valoración del “otro”. Y que ésta es a su vez capaz de permitirnos dar un nuevo sentido a nuestras relaciones en democracia.

Recordemos, ya para finalizar, que la palabra prójimo, deriva del castellano antiguo próximo, es decir, cercano.

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