martes, mayo 17, 2022

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El ministerio de la catequesis:¿Poder para la sacristía o servicio para el mundo?

(Por: Pbro. Luis Eduardo Martínez Bastardo)

Columna: Violencia, Cultura y Religión


Lmartinezbastardo@yahoo.com
@luiseduardomb
@luemba22

Todavía hoy vive en nuestro recuerdo el acontecimiento celebrado la mañana del 30 de abril, el Dr. José Gregorio Hernández fue proclamado Beato después de 72 años. Hacía años, Venezuela no tenía buenas noticias, esta sí que lo fue, y la beatificación del Dr. Hernández ¿qué nos dice? Que estamos delante de un fiel cristiano laico, de un científico que desde su vocación cristiana, contribuyó a la predicación del reino. Qué belleza esa imagen de un médico, vestido de bata blanca y estetoscopio; con mirada serena y rostro cercano; eso es un laico, eso debe ser un fiel cristiano. Hoy tenemos un laico junto a Dios, y él mismo nos dice: haz el bien, vive tu vocación cristiana.

Esta buena noticia sirvió de telón de fondo para recibir un documento importante que ha salido del corazón del Papa Francisco y que contribuye a seguir fundamentando su eclesiología. El 11 de mayo fue presentado el documento llamado Antiquum Ministerium (que traduce el ministerio de Catequista en la Iglesia es muy antiguo), con el cual se instituye el ministerio del catequista. Esto no es una sorpresa, ya desde que el Papa argentino inició su pontificado, venimos escuchando frases y sentencias que nos plantean la necesidad de una nueva dimensión de la Iglesia reclamada por el mundo, una renovación estructural urgente.

La catequesis puede ser considerada como la expresión eclesial más cercana al pueblo santo de Dios. En todos los lugares hay siempre un o una catequista. Una persona que desinteresadamente se encarga de mostrar, según sus modos y capacidades, la belleza da los valores del evangelio; se encarga de orar por los difuntos, de acompañar a muchos enfermos en su lecho de muerte cuando no es posible contar con la presencia de un sacerdote. En nuestro variopinto continente, plagado de dictaduras militaristas enemigas de la fe, son diversos los lugares donde la fe se mantuvo gracias a la presencia de los laicos que comprendieron que debían “hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos”, tal como lo recuerda el Concilio Vaticano II. De todo el contenido del Motu proprio del Papa Bergoglio, son varios los elementos que se puede y se deben poner en consideración. Quiero proponer tres.

El primer aspecto que deseo plantear es el Fuerte Valor Vocacional que posee este ministerio. Los numerales 6, 7 y 8 del Motu proprio, detallan todas las condiciones que deben adornar a los laicos que deseen acercarse al ejercicio de este ministerio y no solo partiendo primera dimensión de todo ministerio en la Iglesia que es la dimensión vocacional, es decir, la invitación de Dios que elige a los suyos. Los maestros antiguos elegían a sus discípulos, eran ellos los que iban seleccionando a sus seguidores, Nuestro Maestro y Señor no es así, es él quien llama, y llama por nuestros nombres, “No son ustedes los que me han elegido a mí, soy yo quien los ha elegido a ustedes” (Jn 15, 16). Llama sin ninguna condición, prerrequisito o exigencia. Pero toda vocación y misión va acompañada de unas mínimas capacidades humanas.

Santo Tomás de Aquino dice: “la gracia supone y perfecciona la naturaleza humana, no la suprime”, es decir, la gracia que Dios le confiere a los que llama no hace transformaciones mágicas, solo robustece, fortalece, alienta. El Papa va delineando cuales son estás condiciones mínimas: “profunda fe y madurez humana, que participen activamente en la vida de la comunidad cristiana, que puedan ser acogedores, generosos y vivan en comunión fraterna, que reciban la debida formación bíblica, teológica, pastoral y pedagógica para ser comunicadores atentos de la verdad de la fe, y que hayan adquirido ya una experiencia previa de catequesis”. La catequesis de nuestro tiempo exige fundamentalmente que sean reconocidas según la propuesta del Papa tres cosas: madurez, formación y vida de comunidad y estas tres cosas generan la identidad del catequista.

El segundo elemento propuesto es la Cooperación. El ministerio del catequista se inserta dentro de una comunidad cristiana. Si bien es cierto que en los años pretéritos, muchas de nuestra abuelas, desde el hogar daba catequesis, hoy esta metodología se ha diversificado, y la transmisión de la fe hoy se lleva a cabo de muchas maneras, incluida la virtualidad, con su necesaria humanización. Al insertarse dentro de la comunidad, el catequista es parte y expresión de la porción de la Iglesia que allí peregrina, Iglesia Particular y la comunidad Parroquial, con ella y con todos sus miembros debe cooperar. Cooperar es una actitud que demanda fidelidad, lealtad, reconocimiento a la propia vocación; alejarse toda expresión de clericalismo o de creerse un súper laico.

Cooperar no es estar de acuerdo con todo, pero es asumir la responsabilidad institucional que nos vincula y nos exige; la cooperación es efectiva tanto que la catequesis llega al corazón de la sociedad: la familia, pero también es afectiva ya que quien se presenta como catequista debe no solo ser Iglesia sino también, debe sentir con la Iglesia. Juan Luis Segundo dice: “Creo en la Iglesia a la que amo”. La dimensión ministerial del catequista no está unida ni pretende expresar una condición jerárquica: “recibir un ministerio laical como el de Catequista da mayor énfasis al compromiso misionero propio de cada bautizado, que en todo caso debe llevarse a cabo de forma plenamente secular sin caer en ninguna expresión de clericalización”. Francisco lo llama clericalización, sinónimo de clericalismo, un peligro que silenciosamente hemos cultivado todos en la vida de la Iglesia y cuyos resultados han sido y serán siempre infortunados. El ministerio del catequista no es para la sacristía, es para el mundo.

Por último, el tercer elemento que quiero proponer es el que todavía se constituye como una tarea pendiente para vida de los laicos en la Iglesia: la Transformación de la sociedad. El discurso sociológico puede ser diverso, multifactorial, o como dicen los educadores “transcomplejo y transdiciplinar”, no obstante, el Papa alude directamente a tres maneras de construir la sociedad: lo social lo político y lo económico. A cerca de estas tres cosas venimos escuchando reiterativamente que se encuentran en crisis, de hecho hoy somos todos testigos y víctimas de esta crisis. La transformación de estos espacios solo será posible si los laicos entran en ellos y los hacen más humanos según los valores del evangelio.

El catequista se convierte en testigo, según su ministerio, no para ejercer un poder que se limita a las cuatro paredes del templo, su ministerio es hacer que quienes le escuchen puedan atreverse y arriesgarse a renunciar a la estructura de pecado que nos invade y quiera ponerle a la sociedad la dosis de calidad humana que hace falta para sanar el daño antropológico. Nos están haciendo falta líderes políticos, que fieles a los valores de evangelio, anuncien y hagan presente en el mundo la belleza del Reino; necesitamos catequistas que desde sus hogares, calles y comunidades, muestren que la corrupción, el soborno, la mediocridad, el engaño son antivalores, que eso no hace presente a Dios y nos aleja de Él. La vivencia de la vida cristiana con alegría y fidelidad es una condición que todos los cristianos debemos cumplir.

Ciudadanía y vida cristiana van de la mano, una no se contrapone a la otra. Un catequista es también ciudadano del mundo, debe cumplir con los deberes ante el Estado, debe ejercer su ciudadanía, es decir, su dimensión social y política, con entereza, respeto y seriedad y eso mismo debe enseñar con su palabra y con su vida.

Lo que realmente considero como una verdadera novedad en este paso eclesiológico no es tanto la ministerialidad del catequista, lo cual ya estaba implícito en el que hacer de la Iglesia lo que rescato de la propuesta del Papa Bergoglio es que se le presente al catequista la necesidad imperiosa de convencerse que dentro de la sacristía su ministerio puede ser menos fecundo (o nada fecundo); la razón de ser de su ministerio es la transformación del mundo, este mundo que está demandando la luz y la esperanza que brotan del encuentro con el resucitado.

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