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El bandoneón

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(Por: Lionel Álvarez Ibarra)

.-Soy un bandoneón alemán que he vivido toda mi existencia en Argentina. Para el que no me conoce, debo decirle que soy un instrumento musical de viento, de fuelle, para ser más específico. Algunos me comparan con el acordeón, pero tengo variaciones importantes, comenzando que soy más pequeño y en lugar de teclas utilizo botones; además, aunque suene muy argentino, ¡mi timbre es único!

Fui construido en los talleres de la familia Arnold, el fabricante de bandoneones más prestigioso de Alemania para la época. Finalizada la II Guerra Mundial, los países aliados acordaron dividirse Alemania en zonas de ocupación y desafortunadamente para los Arnold, la localidad de Carlsfeld, donde estaba ubicada la empresa, quedó bajo administración soviética. Las nuevas autoridades inmediatamente aprobaron la conformación de partidos políticos. Grupos de izquierda se unieron y dieron origen al Partido Único Socialista Alemán, quienes se definieron ideológicamente marxistas-leninistas. En el nuevo programa de gobierno, se anunció el establecimiento de una planificación centralizada, todas las actividades productivas quedaban bajo el control del estado. En 1949, un piquete de soldados se presentó en la oficina de los Arnold para comunicarles que la empresa había sido declarada «de utilidad pública» y expropiada para convertirla en una “fábrica del pueblo”. A los Arnold les tomó 85 años levantar su empresa, a los socialistas solo les bastó uno para destruirla. La empresa fue desmantelada y nunca más  se construiría un bandoneón de la marca Arnold en Alemania.

Para cuando la fábrica fue expropiada, afortunadamente para los amantes de la música, ya miles de bandoneones habíamos cruzado el Atlántico, llevados por los primeros  alemanes  que emigraron a la Argentina. «Nadie es profeta en su tierra» pensábamos al ver que nuestros años de gloria transcurrirían en tierras tan lejanas. Los argentinos quedaron impresionados por nuestro agradable timbre y nos incorporaron de inmediato a sus bandas musicales. Hasta nos cambiaron el nombre; en lunfardo (la jerga usada por los tangueros ), se nos comenzó a llamar «fuelle», pronunciándolo como «fueshe», con ese característico acento sureño, y pronto nos convertimos en ¡el alma del tango!

Toda una vida acompañándolos con mis acordes alegres y festivos, pero en muchas ocasiones  se me escapaban suspiros de tristeza por el dolor que sentía al ver a mi país de adopción tomando rumbos equivocados. Mis padres escogieron a la Argentina para emigrar, porque vieron en ella tierra fértil para echar raíces, y  con su esfuerzo y trabajo contribuyeron a llevarla a ser una de las 10 economías más fuertes del mundo en la primera mitad del siglo XX. Fui testigo de cómo esa economía abierta fue cediendo al intervencionismo estatal, al nacionalismo, al peronismo, al socialismo, y en las últimas décadas al kirchnerismo. Los historiadores sabrán darle cuotas de responsabilidad por la debacle a cada una de esas ideologías y movimientos. Lo cierto es que, en menos de un siglo, Argentina se desplomó y hoy está muy lejos del concierto de naciones desarrolladas.

El pasado 22 de octubre se celebraron las elecciones presidenciales, por momentos pensé que el candidato opositor no lograría el triunfo, porque se había desarrollado contra él toda una campaña de desprestigio y se había atemorizado a la población diciendo que perderían todos los beneficios sociales de ser elegido. No les resultó, la inflación y el desastre de la economía han transformado los subsidios en limosnas, insuficientes para comprar votos y voluntades, como tantas veces lo habían logrado.

La victoria fue contundente, con margen más holgado de lo que vaticinaban las encuestas.  Pero la recuperación del país no será nada fácil, y más cuando los vencidos ya están anunciando públicamente que iniciaran manifestaciones violentas  para generar caos, boicotear la gestión del nuevo presidente, hasta hacerlo salir.

A mis 78 años, sólo espero que millones de mis compatriotas argentinos, que por décadas se habituaron a vivir de la corrupción y de las dádivas del estado, entiendan que el camino correcto es el de la educación, el esfuerzo y el trabajo honesto. Ojalá que cuando llegue ese momento, todavía me quede fuelle para vibrar mis más dulces acordes respirando aires de progreso y libertad. 

Lionel Álvarez Ibarra.

Noviembre, 2023

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