sábado, junio 19, 2021

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Del suicidio (político) y otros demonios

Columna: Violencia, Cultura y Religión

(Por: Pbro. Luis Eduardo Martínez Bastardo)

Lmartinezbastardo@yahoo.com
@luiseduardomb
@luemba22

Conviene que ante todo comencemos aclarando el enunciado que sirve de título a estas líneas con las que semanalmente nos encontramos. En el contexto violento que nos circunda y nos ha circundado desde hace muchos años, palabras como suicidio, generan en nosotros escozor, angustia, rechazo y en otros muchos casos dolor. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española,  sostiene que se trata de una acción o conducta que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza. En el sitio web de los Psicólogos del DF en México, se afirma que el suicidio corresponde a una acción voluntaria de quitarse la propia vida. Toda muerte meditada y ejecutada por la misma persona es considerada un suicidio, o también se puede describir como la acción mediante la cual un individuo renuncia a su existencia y actúa con conocimiento de lo que va a ocasionar su intento, por consiguiente, las personas conocen la consecuencia de la acción, por eso se llama acto voluntario.

La cercanía de un caso como este siempre nos impacta,  ya que si algo hay valioso en el curso de la historia es la vida humana, ella se cuida, se protege, se salvaguarda como principio fundamental universalmente asumido en todas las culturas.

Lo que nos ocupa no es el estudio psicológico del suicidio como un acto voluntario que le pone fin a la existencia humana; el punto de atención es la hermenéutica del suicido desde la mirada sociológica que nos ubica en el suicidio como un mecanismo por medio del cual una sociedad renuncia a su vida, entendida esta como una vida de calidad, es decir, oportunidades, poder adquisitivo, estado de derecho, democracia, respeto a la propiedad privada, separación de poderes en su desempeño axiológico, entre otras cosas,- para asumir otro modelo de vida social, en el que se anulan los preexistentes y se asumen los de la negación. Esto es justamente a lo que nos referimos cuando hablamos de suicidio (político), como se puede leer en el enunciado.

Es vertiginoso el cambio epocal, y la época de cambios en la que estamos inmersos, transcurre con una velocidad abismal, indetenible. La influencia de las redes sociales, o llamadas TIC´s; la nueva estructuración de paradigmas, que algunos pueden definir como un milenarismo atrasado, ya que parece que nos encontramos frente a un lienzo que muestra escenas del fin de mundo, como decían nuestras abuelas cuando superaba su entendimiento lleno de sanos prejuicios deterministas. Justamente, en la historia encontramos diversos puntos coincidentes que nos van indicando que quienes la construimos somos los seres humanos.

San Agustín de Hipona nos refiere un testimonio significativo que pertenece a su propio contexto: No cierro los ojos a los hechos: el correo nos ha traído muchas cosas y reconozco que se han cometido innumerables barbaridades en Roma. Lo vivido por aquellos hombres y mujeres tuvo que haber sido un acontecimiento asombroso y terrible. La historia nos cuenta que el 24 de agosto del año 410 entraron en Roma, por la puerta Salaria, las tropas de Alarico, saqueándola a hierro y fuego. Hay palabras que la historia emplea siempre para referirse a situaciones dolorosas, que se emplearon ayer y hoy y se siguen empleando para designar los mismos actos presuntuosos: saqueo, sangre, fuego, violencia. El aguijón de la violencia que tenemos enclavado en el corazón todos los seres humanos, siempre nos impulsa a desdibujarnos.

La historia no es cúmulo de actos que se repiten sin ningún sentido en diversos momentos, tampoco, son momentos culturales; la historia es un dato objetivo, con elementos que la hacen distinguible. Es en atención a esto, que Hegel afirma que la realidad es dialéctica, de tal manera que la historia se configura como un proceso cargado de contradicciones y de conflictos; es en la historia donde el deseo es el motor de la subjetividad y de lo social. En el abanico de acontecimientos que adornan nuestra historia patria, son diversos los actos en los que evidenciamos actitudes de asombro, desencanto, fatalidad y preocupación como la de los habitantes de Tagaste en el año 410 y que son narradas por San Agustín en el encantador libro Civitate Dei (La Ciudad de Dios).

Mientras el Libertador Simón Bolívar proponía su inigualable proyecto político en el discurso más importante que encontramos en el pensamiento bolivariano pronunciado el 15 de febrero de 1819, en la instalación del Congreso de Angostura, estaba la multitud ovacionando a Páez, aplaudiendo las hazañas de la guerra, abandonando el proyecto de la construcción de la República. Definitivamente, en nuestra constitución genética hay algo que nos impulsa al desorden, al caos, a la anarquía, y eso en algunos momentos resulta más atrayente que la belleza, la bondad, la verdad, la libertad.

Las sociedades son perfectibles, ellas van construyéndose; la edificación de la polis es un compromiso que solo se acentúa desde las competencias ciudadanas. El uso del lenguaje y su poder transformador ha eliminado de nuestras conversaciones la bondad de las virtudes, lo importante de conservar la paz, la necesidad de una disidencia democrática que conserve la vida y el respeto como cosa fundamental. Cuando las sociedades son heridas antropológicamente es  que aparece el daño social; parece que se alcanzan parámetros demoníacos, diabólicos, el caos dentro del comportamiento sociológico es no solo la expresión de la dinámica intrínseca del error, es también, la llegada al punto del no retorno.

Pasamos del todo a la nada muy fácilmente. Esa es una de las debilidades de la democracia como sistema de gobierno. La democracia como es contraria a todo mecanismo coercitivo, entonces, no encuentra los necesarios asideros que respeten lo es ella en esencia: libertad. La teoría del gendarme necesario, del profesor Vallenilla Lanz cada vez cobra más fuerza. América Latina siempre ha sido víctima de los diversos sistemas políticos e ideológicos y como que siempre ha sido necesaria la intervención de un agente externo para reconducirnos, tal como lo hizo el Padre Madariaga aquél jueves santo de 1810.

Una vez más las palabras: saqueo, caos, sangre, fuego, anarquía, tocan nuestra puerta, la puerta de un continente a quien San Juan Pablo II llamó bellamente: el Continente de la Esperanza. Mirar a nuestro alrededor resulta cuestionante ya que el brote de anarquía que nos rodea no habla de esperanza sino de suicidio (político). La pregunta retórica sería por qué si estamos bien, queremos estar mal. Incluso, por qué si no estamos bien debemos buscar una solución que no evoluciona, antes bien, involuciona. Estas son tendencias que desfavorecen el desarrollo de la fraternidad universal.

Quemar centros comerciales enteros. Soliviantar las masas para incendiar una ciudad, reprimir brutalmente a los manifestantes y darte cuenta que entre los ellos se encuentra tu propio hijo; reclamar derechos cercenando vidas; envestir a los ciudadanos en el nombre de la justicia y de la igualdad cual grito transmoderno de la Revolución Francesa, aprovechar el caos del vecino para desnudar sus carencias, obviando que las tuyas son aún peores, es procurar apagar el fuego con gasolina, echarle leña, como dice la sabiduría popular venezolana, es el suicidio político, es un salto al vacío.

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