martes, octubre 27, 2020

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De qué lado colocarse ante la crisis

(Por: Lionel Álvarez Ibarra)

A finales del siglo XIX, España estaba envuelta en un conflicto bélico con los Estados Unidos, lo que se llamó la Guerra Hispano Estadounidense. En 1898 ocurre el desenlace, la disminuida flota española es aniquilada por la más potente y avanzada flota norteamericana. De esta forma,  España pone fin a su inmenso imperio colonial, y es obligada a entregar sus más preciadas posesiones en ultramar: Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas.

En ese mismo año de 1898, cuando la psique de todo el país se encontraba en shock por la humillante derrota, surge la llamada generación del 98, nombre con el que se le conoce a un grupo de escritores, ensayistas y poetas que se vieron profundamente afectados por la crisis moral, política, económica y social que se había desencadenado. Representaban un movimiento cultural que buscaba una revaluación filosófica y artística de la sociedad española. La mayoría de los textos escritos durante esa época literaria, exudan melancolía y tristeza. Así inicia España el siglo XX, con pesimismo y frustración.

En ese entorno de tragedia nacional destacan dos artistas plásticos. Uno es Ignacio Zuloaga Zabaleta, quien curiosamente se presenta con una paleta cromática oscura, donde resalta la presencia del negro; como si estuviese acompañando al duelo que embargaba al país. Los intelectuales del 98 se sienten identificados en Zuloaga, y colman de elogios sus obras.

El otro pintor es Joaquín Sorolla, quien llega con una paleta muy distinta, más brillante y multicolor.  Sorolla veía la luminosidad, el optimismo y la frescura mediterránea, y por ello fue muy criticado y rechazado ¿Cómo era posible que este hombre, en plena crisis, saliera a hablar de la luz, de ilusión, de alegría a través de sus cuadros?
¿Podría decirse que Sorolla era insensible a la tragedia que vivía España? Por supuesto que no, simplemente entendió que la solución no era la oscuridad, era la luz, y decidió ponerse del lado de la solución.

La situación que vivimos actualmente, producto de la pandemia, está afectando la psique de todos; nos tomó desprevenidos y está siendo muy difícil capear el temporal.
Muchas personas la están pasando mal, no logran satisfacer ni siquiera sus necesidades básicas, y sería desconsiderado decirles que se mantengan alegres y optimistas. Algunas se desconciertan, se confunden y hasta se molestan, cuando ven a alguien por allí  transmitiendo entusiasmo. Es momento más bien de escucharlas, comprenderlas, y de solidarizarnos con ellas. Pero como van caminando por los bordes de la fosa de la depresión, y el riesgo de caer es muy grande, es importante que saquen fuerzas de donde no las tengan, y aún así, den alimento a la ilusión, la fe y la esperanza ¿Esa actitud les va a solucionar el problema? Por supuesto que no, pero fortificará su sistema inmunológico y contarán con mejores recursos para afrontar las adversidades.

Una de las “Leyes de Murphy” señala: “El hombre que sonríe cuando las cosas van mal, es porque ya ha pensado en alguien a quien echarle la culpa”. Resulta gracioso, pero no siempre es así. Aunque las circunstancias dramáticas  parecieran no dar cabida a la sonrisa, es preferible sonreír, así corra el riesgo que lo tilden de “enchufao”.

Cuando se siente feliz, usted sonríe. También funciona en sentido contrario. Cuando sonríe su cerebro lo detecta y concluye: “Esta sonriendo, entonces, debe estar feliz”,  y automáticamente un torrente de hormonas recorre su organismo para activar esa felicidad.

El sonreír no significa aceptación pasiva o resignación ante la crisis. Cuando le pregunten porqué sonríe cuando las cosas van tan mal, responda que usted no sonríe porque las cosas estén bien ¡está bien porque sonríe!

Acá la fe también juega un rol importante; sin definirla desde una perspectiva religiosa, es esa capacidad de ilusionarnos, de soñar, de creer que algo es posible y actuar como los que creen que ese algo es posible. Así comienzan a manifestarse en nuestras vidas, a lo mejor no las cosas que quisiéramos, pero si las que necesitamos.

Tengo amigos incrédulos, que piensan que el cultivo de emociones positivas no hace ninguna diferencia, esperan por una propuesta más pragmática, y mientras tanto, optan por seguir la ruta de la desesperanza.

Es el momento de recordar una cita de Martín Lutero: “Aunque el final del mundo sea mañana, hoy sembraré manzanos en mi huerto “.

Lionel Álvarez Ibarra
Septiembre 2020

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