sábado, octubre 31, 2020

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Consenso de Washington vs. Foro de Sao Paulo: Vigencia de la Democracia Liberal

La organización Mosqueteros de la Libertad realizó una entrevista a Javier Nieves Brizuela, educador y autor de “Venezuela: de la peste socialista a la prosperidad liberal”; la cual se basó en el tema: el Consenso de Washington versus el Foro de Sao Paulo.

Te invitamos a leer el contenido de la interesante entrevista al reconocido especialista y académico venezolano.

MDL.- Hemos visto por estos días su anuncio sobre la culminación de un nuevo libro suyo: Consenso de Washington vs. Foro de Sao Paulo. ¿En qué se diferencia este nuevo libro de su anterior, “VENEZUELA: de la peste socialista a la prosperidad liberal”?

JNB.- Con nuestro libro anterior, Santiago Rodríguez, Marco Antonio Alcántara y yo quisimos aportar reflexiones que permitieran a muchos venezolanos identificar con precisión dónde estaba realmente el origen de nuestros males, cuál era la tarea de nuestro tiempo y dibujar un posible programa para salir de nuestra desgraciada tragedia. Identificamos que el origen de nuestra tragedia estaba en el pensamiento económico de la Generación del ’28, su pensamiento socialista, y cómo éste, al degenerar en populismo, demagogia irresponsable y deificación del Estado como panacea, descompuso las instituciones democráticas que habían nacido de la insurrección popular de enero de 1958, deformó el Pacto que había permitido la consolidación del sistema democrático (el Pacto de Punto Fijo), convirtiendo aquella utilísima Unidad inteligente de demócratas en una “Aristocracia de bandidos” (el “puntofijismo”), cuyo destino irrevocable era mutar hacia el infame chavismo y facilitar el desmantelamiento del sistema democrático, la prostitución de las instituciones y la destrucción de todo el aparato económico venezolano. Postulamos, entonces, frente a todo el desastre de esta evolución histórica, que la tarea fundamental del tiempo que nos tocó vivir es la de cerrar el ciclo de la “Generación del ‘28”, es decir, producir un cambio radical que extirpe el tumor desde la raíz, es decir, cancele la permanencia caduca del anacrónico socialismo adeco que hizo metástasis en todas las demás organizaciones políticas venezolanas, tanto las de antes como las más recientes, Voluntad Popular, Nuevo Tiempo, Primero Justicia, convirtiéndolas en aparatos corruptos, populistas y demagógicos. Y el cierre de ese ciclo nefasto debe ir acompañado de la victoria de los ciudadanos sobre la narcotiranía chavista, que es el régimen morboso en que degeneró el ya podrido “puntofijismo”. Esto significa la superación del socialismo, entendiendo que dicho sistema alcanzó en Venezuela su punto de desarrollo más alto y acabado, que es el totalitarismo; y en el caso específico venezolano, la conversión del débil y fracasado Estado venezolano en un Estado criminal administrando un territorio tribalizado. Algo no antes visto en la historia.

Pero este otro libro, “Consenso de Washington vs. Foro de Sao Paulo”, no se circunscribe sólo a Venezuela; parte, por supuesto, desde la tragedia venezolana, pero se extiende en la misma dirección en la que se extendió, sobre toda Latinoamérica, la onda expansiva que generó el triunfo del Foro de Sao Paulo en las elecciones de diciembre de 1998. Esto es, el triunfo electoral del teniente coronel golpista Hugo Chávez Frías en las elecciones presidenciales venezolanas de aquel año. Mi objetivo, en este nuevo libro, es mostrarle al público latinoamericano que las convulsiones que sacuden al continente americano hacen parte de un proceso detrás del cual se enfrentan las fuerzas del totalitarismo y la servidumbre contra las fuerzas de la libertad y la democracia; que la nueva versión comunista en nuestro continente, encarnada en el Foro de Sao Paulo, busca la destrucción de toda cultura democrática y de libertad, al tiempo que está imposibilitada de generar prosperidad en nuestras naciones, como lo demuestra el hecho de haber arruinado a las 18 naciones latinoamericanas que gobernó, desde 1999, habiéndoseles salvado solamente Colombia, Costa Rica y Guatemala. Por último, subyace en la intención de éste, mi nuevo libro, la idea de que el éxito político del Foro de Sao Paulo, al haber podido asaltar el poder en América Latina, no se debe tanto a la efectividad concreta de sus promesas demagógicas y anacrónicas de igualdad y de justicia social, sino a los complejos “victimistas” y antinorteamericanos que copan la psicología de fracasados del liderazgo latinoamericano; no de ahora, no de hace 20 años, sino desde el mismo momento en el que nacimos como naciones. De allí el sempiterno rezago político, social y económico de toda nuestra región, en comparación con el éxito y la prosperidad de los Estados Unidos y Canadá.

MDL.- Usted sostiene, entonces, que el Foro de Sao Paulo arruinó a todas las naciones que gobernó, desde 1998, pero parece oponerle, en su libro, la alternativa del Consenso de Washington. ¿Cómo puede usted sostener esa alternativa, visto lo desacreditada que hoy está esa propuesta neoliberal?

JNB.- Comencemos por lo último; eso de “neoliberal”. ¿Qué es eso? ¿Qué significa ese término? Liberal es un vocablo que proviene de la palabra “libertad” y “neo” es una raíz de origen griego que en español traduce “nuevo”. Si construimos la frase usando sólo español neto tenemos que la fulana frase “neoliberal” traduce “nueva libertad”. Si te pones a ver, es una frase absolutamente estúpida. ¿Qué es eso de nueva libertad? La libertad es una sola; lo fue ayer y lo es hoy. No hay forma ni manera de que una mente sana, en su justo cabal, crea en la posibilidad de que exista hoy un tipo de libertad de algún modo subsidiaria de una libertad pasada Peor aún: sólo un morboso puede llegar a pensar que la libertad sea una categoría “desacreditada”, como sí lo están, por ejemplo, la tiranía o el totalitarismo. ¿Te digo más? No hay azar en el hecho de que la pretendida frase (aunque su uso tuvo un origen noble en boca de gente auténtica y honesta, como Friedrich von Hayek o Wilhelm Röpke, o Ludwig von Mises, o Walter Lippmann, o Alexander Rüstow), a partir de los años ‘70 la hicieran popular auténticos y deliberados enemigos de la libertad, como el asesino, corrupto y psicópata criminal Fidel Castro. Este último tuvo a su cargo endosarle la carga peyorativa que aún hoy conserva en boca de la idiota élite intelectual socialista de América Latina.

Ahora vayamos al asunto del Consenso de Washington. Todos los socialistas, fundamentalmente los del infame Foro de Sao Paulo, acusan al decálogo de Jhon Williamson de “neoliberal”. Viniendo de su boca, tratemos de creer que se trata de un argumento acusatorio que denuncia la enemistad del Consenso con la igualdad y la fulana justicia social que tanto pregonan. Bueno. Todo eso es endeble. Pero sumemos a esas voces, las voces de intelectuales serios y honestos que han caído en la misma trampa. Te digo; es injusto, es incorrecto y es falso. Los problemas fundamentales que tuvimos con el Consenso no estuvieron, ni están, en las propuestas del Decálogo en sí mismas; nuestros problemas estaban, y están, es en la ausencia de las instituciones adecuadas que fueran capaces de soportar, de aguantar, de sostener el peso de las reformas que se estaban proponiendo en aquel entonces. Visto el resultado de veinte años de gestiones del Foro de Sao Paulo en la región, yo te pregunto ¿Quién puede ver hoy como inconveniente la reducción de los mamotréticos Estados construidos por los socialistas y que malversaron todos los presupuestos? El Consenso propuso reducirlos. ¿Quién puede declarar como inconveniente el cese de los subsidios indiscriminados para favorecer las empresas de maletín del Foro de Sao Paulo? El Consenso propuso cortarlos y reorientar ese gasto hacia la inversión en educación, salud e infraestructuras que favorecieran a los más pobres. ¿Quién puede ver como inconveniente recuperar miles de empresas que el Foro de Sao Paulo confiscó a los ciudadanos y arruinó? El Consenso propuso privatizarlas para enfrentar la clásica ineficiencia de la burocracia estatal y confiar en la mil veces probada eficiencia de la iniciativa privada de los ciudadanos. ¿A quién se le puede ocurrir como inconveniente solicitar e imponer el respeto a los Derechos de Propiedad que tanto odian los del Foro de Sao Paulo? El Consenso propuso el fomento de la seguridad jurídica para poder ofrecer las garantías adecuadas y necesarias que protegieran las grandes inversiones de capital que necesitábamos. Y así por el estilo. El fracaso rotundo de las gestiones del Foro de Sao Paulo en América Latina es justamente el argumento más contundente a favor de la vigencia de la democracia liberal y de la economía de mercado.

Pero quisiera aprovechar el empleo que has hecho de la palabra “neoliberal” para comentarte un fenómeno que hace parte de la defensa que hoy por hoy hago del Consenso de Washington. Te cuento. Por allá, por 1938, fue Alexánder Rüstow quien más empleaba la palabra “neoliberal”. Bien. La palabra no era de él; antes la había estado usando el economista suizo Hans Honegger, mucho antes, por allá, por 1925. Pero ninguno de ellos trató de atender los asuntos relacionados con esa palabra en los términos y en el concepto que sí lo hizo Walter Lippmann. Y te hablo de Lippmann sin dogmatismo alguno, pues me estoy refiriendo al principal precursor del progresismo norteamericano, ¿sabes? A la tapa del frasco ¿sabes? Te hablo del principal líder teórico en el origen de la izquierda radical norteamericana actual. Pero resulta que Lippmann fue quien expuso una de nuestras principales debilidades, como doctrina; observó que los liberales éramos dogmáticos, y que nos habíamos apartado de las prácticas reales de gobierno, y esto no era cualquier cosa, dado que toda realidad política seria, responsable y profesional impone a sus actores la tarea de inventar las leyes, las instituciones y las normas de todo tipo que sirvan de soportes a la vida económica. Eso hizo Lippmann cincuenta años antes del Consenso de Washington. Cincuenta años más tarde, una parte del liderazgo socialista (democrático pero de pensamiento económico socialista), de América Latina se esforzó (yo diría que hasta sinceramente), por aplicar las radicales reformas expuestas en el Consenso de Washington, pero…, te lo voy a parafrasear de memoria…, “sin inventar las leyes, las instituciones y las normas de todo tipo que sirvieran de soporte a la nueva vida económica que se estaba proponiendo”. Es decir, sin hacer nuestra tarea fundamental. Milton Friedman lo expuso a su modo: “El Estado de derecho era más importante que las privatizaciones”… palabras más, palabras menos. Lippmann, el izquierdista, dijo esta misma verdad a su modo; Los derechos de propiedad, los contratos más variados, los estatutos jurídicos de las empresas, en una palabra, todo el enorme edificio del derecho comercial y del derecho del trabajo. La dimensión institucional de la organización social.  Yo creo que debemos aprender de esta lección y retomar aquellas propuestas, sin complejos, pero centrados en la producción de institucionalidad y radicalmente enfrentados al criminal e infame Foro de Sao Paulo que aplicó lo contrario y destruyeron a las naciones de América Latina. Ese es mi planteamiento en mi nuevo libro.

MDL.- ¿Y cómo podrían retomarse esas propuestas después de treinta años?

JNB.- Te lo repito: concentrándonos en hacer las tareas que Lippmann visualizó hace ya 80 años. Pero también Francis Fukuyama, hace 16 años, en su libro “La construcción del Estado”. Construyendo las instituciones, reglas y normas jurídicas que den suficiente soporte a las profundas reformas económicas que necesitamos implementar. Claro está, yo entiendo tu preocupación: quieres saber si vamos a calcar el Decálogo de Williamson. Yo no lo visualizo exactamente así; yo me estoy fijando en el espíritu del Consenso. Creo que hoy, en la América Latina de 2020, el espíritu del Consenso de Washington encarna perfectamente en dos proyectos: el “Proyecto Otálvora”, de Donald Trump y Wilbur Ross, concebido para la reconstrucción de Venezuela luego de la caída de la narcotiranía chavista, y el Programa “América Crece”, de Donald Trump, alineado con el momento histórico en el cual el liderazgo del presidente Trump fuerza la barra para que las empresas norteamericanas perjudicadas por la deslealtad jurídica de la banda criminal china, abandonen ese país comunista y se trasladen hacia América Latina. Así lo propongo en mi libro.

MDL.- ¿No te parece algo contradictorio? Estás diciendo que lo más importante es la construcción de institucionalidad para que soporten las nuevas reformas económicas, pero promueves “América Crece”, que está siendo denunciado justamente como un proyecto cuya implementación está diseñado para saltarse los controles parlamentarios.

JNB.- No hay contradicción; son dos cosas diferentes. Quienes iniciaron la reconstrucción del liberalismo, hará pronto unos 80 años, lo hicieron inspirados en una frase que me parece fabulosa: “la realidad práctica de gobernar”. El Programa del presidente Trump, “América Crece” no está basado en la violación de los contratos, ni en la violación de los derechos de propiedad; por el contrario, necesita del Estado de derecho y de su fortaleza para poder desarrollarse. Es distinto a lo que nos ocurre en América Latina; una de las características más rutinarias de los Estados débiles y fracasados de nuestra región es la extrema lentitud con la que funcionan los trámites para emprendimientos e impulso de las empresas. Los controles parlamentarios hacen parte de esa nociva enfermedad que retrasa el desarrollo económico de nuestras naciones; controles que no pocas veces solapan procesos de corrupción entre políticos. La realidad práctica de gobernar nuestras naciones, atascadas en marañas de procedimientos propios de la debilidad y fracaso de nuestros Estados, nos obliga a crear procedimientos que impacten positivamente la celeridad en resultados. Necesitamos resultados; y resultados ajustados, claro está, al respeto de la propiedad y los contratos. No he visto, por ningún lado, que el proyecto “América Crece” promueva la imposibilidad, por ejemplo, de que los ciudadanos participen de libertades económicas que permitan su inversión en negocios rentables. Sería bien interesante ver a amplias capas de la población, sobre todo de la clase media latinoamericana, invirtiendo en los nuevos y numerosos negocios que se abrirán una vez se ponga en marcha este proyecto del presidente Donald Trump.

MDL.-  Si es que el 3 de noviembre gana…

JNB.- ¡Ganará! La mayoría del pueblo norteamericano es inteligente; no es estúpido. Han visto cómo el decadente liderazgo socialista del Partido Demócrata redujo sus condiciones de vida. Y a los latinoamericanos nos conviene otro período del presidente Trump en la Sala Oval, porque tendremos una nueva oportunidad para hacer buenos negocios con los Estados Unidos; negocios que relancen nuestra región hacia la prosperidad y fuera del control maligno del Foro de Sao Paulo.

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