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A Catar y no acatar, he ahí el dilema

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(Por: Lionel Álvarez Ibarra)

El próximo 20 de noviembre, se inicia el Mundial de Fútbol 2022, la fiesta deportiva más esperada del planeta, por lo tanto, resulta interesante escribir sobre el tema.  El evento se realiza cada cuatro años desde 1930, con sedes que se intercambiaban entre Sudamérica y Europa. Luego la FIFA (Federación Internacional de Futbol Amateur) decidió extenderlo a otros continentes. Comenzó con Estados Unidos en 1994 y continuó con Corea-Japón 2002, Sudáfrica en el 2010 y Rusia en el 2018. 

En el 2010, en una elección secreta, en donde cada uno de los miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA depositó su voto, Catar fue elegida como la sede del Mundial 2022. Una elección bastante cuestionada, e inclusive, investigada por presuntos hechos de corrupción y sobornos. 
Esta elección obligó a cambiar las fechas tradicionales de realización del torneo, porque las temperaturas de 50ºC del verano catarí, serían insoportables para los jugadores. Hubo que alterar los calendarios de las principales ligas de fútbol del mundo, para jugar el campeonato en otoño.     

Catar es una pequeña península bañada por las aguas del Golfo Pérsico. Su territorio, de sólo 11.000 kilómetros cuadrados, no es más grande que el estado Mérida en Venezuela, y no llega a una cuarta parte de Suiza. Se convirtió en el país más pequeño en organizar el torneo, y el primero del mundo árabe.  Desde mediados del siglo XIX, está gobernado por una monarquía absoluta de la familia Al Thani. Para ese entonces, su economía dependía de la recolección de perlas y del comercio. Es a partir de 1930, cuando descubrieron que estaban asentados sobre una de las mayores reservas de gas y petróleo de la tierra, que lo convirtió en uno de los países con mayor renta per cápita del mundo.

En ese momento Catar era un protectorado británico, por un acuerdo que habían firmado con el Reino Unido en 1915. Esa condición terminó en 1971, cuando lograron su independencia. Luego, el cielo de Doha, su capital, comenzó a llenarse de rascacielos, hasta completar la impactante silueta que hoy muestra la ciudad.   

A partir del 2016, el jeque Tamim Bin Hamad Al Thani es la máxima autoridad, de forma que posee el poder ejecutivo y el legislativo. Según datos de la ONU, el emirato tiene una población de 2.799.000 habitantes, pero sólo unos 560.000 son ciudadanos cataríes. ¡O sea, la población nativa sólo conforma el 20 % de los habitantes!  El otro 80%, en su gran mayoría, lo completan obreros expatriados, provenientes de otros países que vienen a trabajar y vivir en el emirato.   

Tan pronto se les concedió la sede, Catar inició un plan de  construcción de la infraestructura necesaria: autopistas, aeropuerto, sistema de metro, estadios…Todo construido con mano de obra extranjera y barata. Diferentes organismos internacionales alertaron sobre el tratamiento infrahumano que se les daba a los trabajadores inmigrantes. Se estima que miles perdieron la vida en las diferentes construcciones desde el 2010. La prensa británica ha calculado que son más de 4.000 los fallecidos.   

Catar no tiene gran tradición futbolística, pero ha demostrado su poder económico en el fútbol.  Famosos equipos europeos llevan en sus camisetas el emblema de “Qatar Airways”, y en el 2011, el Emir de Catar compró al Paris Saint-Germain, el equipo de fútbol insignia de la capital francesa.

Algunos de los ochos estadios construidos, son toda una joya arquitectónica, y el juego ha de estar demasiado interesante para que el aficionado no se distraiga admirando los extravagantes detalles de las obras.     

Por razones históricas, religiosas y culturales, existen muchas prohibiciones en Catar, y todavía es un dilema, si las autoridades cataries serán estrictas o flexibles en hacerlas cumplir durante el mundial. ¿Serán los aficionados capaces de acatar tantas normas y restricciones?     Las hinchas brasileñas, que les encanta derrochar físico en los estadios, deberán resignarse a que no podrán llevar blusas que le dejen los brazos descubiertos. Si usan shorts o faldas, éstas deben cubrirles por debajo de las rodillas. Están prohibidos los jeans, las licras y toda prenda ceñida al cuerpo. No se pueden dar muestras de afecto en las vías públicas, nada de besos y abrazos ¡así sean parejas maritales! La homosexualidad es ilegal, por lo tanto, las  banderas arcoíris de los LGTBI, no podrán exhibirse.     

No están permitidas las griterías ni las manifestaciones eufóricas en las calles; veremos si eso será suficiente para acabar con el mal comportamiento de los hooligans. Es ilegal el consumo de alcohol en la vía pública, y todavía se utiliza la flagelación como castigo a quien infrinja la ley. Los bares que expenden licor sólo operan en hoteles, restaurantes y clubes privados. El costo de la cerveza  se estima que oscile entre ¡15 y 20 dólares la jarra!   

Catar es algo más “liberal” que otros países musulmanes del mundo árabe. La mujer usa el velo, la burka o el niqab, como una identidad de su país, aunque no está obligada a hacerlo. Tiene derecho al voto y se le permite conducir automóvil. Sin embargo, aún existen leyes de custodia que mantienen a las mujeres sometidas a la supervisión de un varón: sea el padre, un hermano o el marido. Las mujeres divorciadas continúan sin poder ejercer la tutela de sus hijos.  El estado actual de los derechos humanos, sigue siendo preocupante.      Surge entonces la pregunta: ¿cómo fue que la FIFA, que desde hace tiempo ha venido dando mensajes de inclusión, de rechazo a la homofobia, luchando contra el racismo, por los derechos humanos y el maltrato a la mujer; le haya otorgado la sede a un país como Catar?
La conciencia de cada uno de los miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA que dieron su voto, debe tener una verdadera justificación.

Lionel Álvarez Ibarra

Noviembre, 2022

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