Los complejos socialistas del liderazgo histórico venezolano

(Santiago Rodríguez Castillo)

Se ha querido hacer ver que el origen de nuestra actual desgracia proviene de la llegada al poder del infame teniente coronel golpista Hugo Chávez Frías. Eso no es cierto; el chavismo no es una causa sino una consecuencia. En realidad nuestra nación se enfermó mucho antes. El virus que contrajimos en la tercera década del siglo XX es el que mejor
explica nuestros males de hoy, en Venezuela. Ese virus facilitó los vínculos ideológicos de nuestros líderes históricos con al pensamiento económico marxista; pensamiento que los indujo a tratar erróneamente los asuntos de nuestro crecimiento, nuestro desarrollo como nación, la concepción del trabajo, la creación y acumulación de la riqueza y la lucha contra la
pobreza. Una serie de complejos socialistas en la visión económica de los padres fundadores de nuestra república civil dañaron los fundamentos de nuestra incipiente democracia, facilitando las condiciones para el advenimiento de dos terribles epidemias: una que llamamos “puntofijismo” y otra que conocemos como chavismo. Este último fenómeno político se encargaría de desmontar las conquistas democráticas e implantar, posteriormente, la depaupericracia de hoy; un
sistema de gobierno que diseña e implementa políticas públicas orientadas deliberadamente a promover la pobreza, para producir una base de sustentación social que garantice la perpetuidad en el poder de la camarilla criminal que lo ejerce.

Los fundadores del pensamiento marxista y comunista, Carlos Marx, Federico Engels y Vladimir Lenin, miraron el trabajo como un medio para producir lo necesario para vivir, acompañado de un criterio de distribución igualitaria de los beneficios, sin importarles que la distribución terminara favoreciendo a los sujetos de la sociedad que menos contribuyeran con la producción de los bienes laboralmente creados. Para el igualitarismo socialista, todos deben ser iguales; no importa cuánto produzca cada uno ni la calidad de lo producido.

Aquellas taras socialistas influyeron en el pensamiento económico de nuestro liderazgo democrático y produjo -como ya hemos indicado- una concepción equivocada respecto al trabajo y el esfuerzo en la producción y acumulación de riqueza, desestimando los estímulos para con la responsabilidad de los individuos respecto a sí mismos y facilitando la licencia tolerante a las faltas del sistema de justicia contra la propiedad. De modo que concebir a nuestra sociedad como una noble máquina de producción masiva de bienes y servicios de calidad es una noción que no encaja -ni encajó- en la mentalidad acomplejada de quienes se formaron
políticamente en las ideas que dieron origen al comunismo y
permanecieron atados a ellas.

En esa mentalidad se formó, originalmente, la mayor parte de los liderazgos de los países pobres de los últimos cien años, quienes, una vez alcanzado el poder, asumieron los gobiernos de sus países como si se tratara de una Junta Administradora de Recursos, y no de una Gerencia Estratégica para la Producción de Riqueza. Antes que crear la riqueza, les
preocupaba más cómo distribuir lo que había; de allí la costumbre de inmiscuirse intempestivamente en la fijación de los salarios, en el uso y abuso del poder para intervenir en las relaciones obrero patronales desde una torcida interpretación de su condición de “árbitro”, en la inspiración y orientación para la creación de leyes que promovieran y protegieran derechos laborales y sociales sin ningún tipo de respaldo en los propios procesos de la producción de la riqueza, diríase que en el aire, como si el costo financiero del disfrute efectivo de los derechos y de la propia democracia no fuese un asunto fundamental a tomar en cuenta. Esa misma mentalidad socialista fue la que inspiró los Programas Sociales -así,
con inicial en mayúscula-, no como la respuesta puntual para una emergencia puntual en un escenario específico, sino como una política de paternalismo asistencialista permanente para tratar la pobreza; vista ésta como una rémora imposible de superar y con la que había que convivir irremediablemente, hasta el fin.


Este ha sido nuestro caso, en Venezuela. En mayor o menor medida, con sus correspondientes diferencias, matices y contrastes, y debido a su militancia en partidos políticos situados alrededor del epicentro marxista, casi todos los líderes políticos venezolanos de los siglos XX y XXI han
profesado un pensamiento económico que ha girado en torno a los terribles dogmas de esa ideología; desde la “Generación del 28” hasta nuestros días; es decir, desde Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, pasando por Wolfgang Larrazábal, Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez, hasta Henrique Capriles y Leopoldo López. A ese bombardeo ideológico
socialista han sido sometidos el trabajo, el desarrollo económico, la creación y acumulación de riqueza y la superación de la pobreza.

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