Cuando la Justicia se apellida Social

(Por Santiago Rodríguez Castillo)

Cuentan los romanistas que Domicio Ulpiano (Magister libellorum,
Prefecto del Pretorio del Emperador Alejandro Severo y Padre de los
Preceptos del Derecho: “Vivir honestamente, No dañar a nadie y Dar a
cada quien lo suyo”), tenía la costumbre de invertir deliberadamente la
procedencia etimológica de las palabras, no porque desconociera el orden
etimológico, sino como una manera de llamar la atención y obligar a la
reflexión sobre la importancia, no del origen de las palabras, sino del
concepto contenido en ellas. Es célebre uno de esos ejercicios de
“fingimiento”; el que simula a Ius (lo justo, lo derecho, lo recto), como
proviniendo de Iustitia (Justicia, el medio que provee lo justo, lo derecho,
lo recto), siendo que Ulpiano conocía que era al revés, que Ius era la
palabra que daba posterior origen a Iustitia, y no ésta a Ius. El resultado de
esta estratagema es que nos lleva a concentrarnos en el contenido de
Justo, lo que es Justo, sin apellido, lo que corresponde a cada quien, y la
Justicia es la que debe encargarse de que eso ocurra, que ese derecho se
realice y cada quien, por su intermedio, reciba rectamente lo Justo, lo que
es suyo; lo que en justicia le pertenece.

Esta apreciación de Ulpiano, respecto al concepto contenido en la
palabra Ius, permite también rescatar su parentesco en relación a la raíz
sánscrita, “díkê”, de donde la tradición helénica contribuyó a crear y
cimentar el concepto de justicia de la civilización occidental. Díkê quiere
referirse a la idea genérica de línea recta, pero desde el enfoque de línea
recta que divide el horizonte. ¿Respecto a qué lo divide? Respecto al
cosmos, esto significa dos partes iguales formadas por la tierra y el cielo (lo humano y lo divino), queriendo simbolizar de ese modo la idea de
igualdad que debe privar como regla para la norma justa y la perfección
ética. El concepto de Igualdad impone el criterio obligado de una medida,
y ésta, a su vez, el criterio de un Límite (“mi derecho comienza donde
termina el tuyo”), soportado sobre cantidades enmarcadas dentro de la
capacidad de cada quien (cantidades de ventajas sopesadas con
cantidades de riesgos). Por eso Justicia tiene en una de sus manos los
platillos de una balanza, objeto que mide las cantidades. Y una vez
determinadas las cantidades, la otra mano de Justicia sostiene una
espada, para aplicar el rigor (la obligatoriedad), de lo rectamente
determinado, de modo que nadie violente la “díkê”, es decir, la igualdad,
pero no una igualdad concebida simétricamente (sin importar las
capacidades), sino la igualdad nacida de tomar “lo justo”, lo que
corresponde, lo rectamente determinado.

Todo el que toma más de cuanto le corresponde violenta la línea recta que separa las dos partes iguales; se trate del estado, por medidas impuestas, o se trate de particulares, por codicia, un vicio que se soporta desde el placer por la ganancia y desprecia las capacidades desarrolladas con virtud. Para
mediar rectamente en este posible conflicto, Justicia tiene los ojos
vendados, obligándose ella misma a depender de la objetividad impuesta
por el fiel de la balanza, y no de la tentadora subjetividad impuesta por la
reconocida imperfección humana. Cuando usamos el poder que nos da ser
los administradores del Estado, para imponer reglas que violenten la línea
recta que separa las dos partes iguales, creando subjetiva y
fantasiosamente una igualdad que no parte de las capacidades, hemos
retirado de los ojos de Justicia las vendas y hemos tomado decisiones con
independencia respecto a la objetividad que sólo puede garantizar el fiel de la balanza.

En ese momento, la justicia que impartimos comete injusticia, haciendo que la paz y la prosperidad que esperamos de su aplicación se truequen en conflictividad social, desestímulo a los individuos más responsables, crisis y generación de pobreza.
Esta violencia ejercida desde un principio contra el concepto
primigenio contenido en la palabra “justicia”, al agregarle artificiosamente
un apellido que la orienta a favorecer un determinado sector social,
independientemente de la capacidad demostrada por cada uno de los
individuos que conforman ese sector, constituye el pecado original de
nuestra democracia, “la sangre de Abel”, de donde más tarde van a nacer
todos los demás vicios, incluido el chavismo, como fase superior de las
distorsiones y perversiones en las que derivó lo que comúnmente en
Venezuela denominamos “puntofijismo”.

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